lunes 8 de febrero de 2010

Causas perdidas

Pasó el tiempo, cumplió los treinta y seis, y nunca llegó nadie. Dejó de perseguir sus sueños y se olvidó de aquel príncipe azul. Las cosas no eran como ella las sintió durante aquellos años. La vida le enseñó que el mundo funciona de otro modo, pero ella se empeñó en equivocarse. Se hizo una especialista en defender causas perdidas. Mató su soledad con unos cuantos hombres. Cuando la volví a ver estaba muerta. Nadie fue a verla aquella tarde, al tanatorio. Sólo su madre lloraba junto a ella. Yo sabía que había muerto de frío y decepción, aunque el forense dijo que fue de sobredosis.

Algunos días, si miro en lo más hondo de ese pozo de soledad que es hoy mi corazón, aún puedo ver su rostro curtido por el sol, sus pómulos salientes, y el brillo de sus inmensos ojos grises, que aquella perra muerte no consiguió apagar.

domingo 7 de febrero de 2010

Primera fila

Eran las cuatro de la tarde y la atmósfera se dilataba cargada de monotonía. Estábamos sentados en la primera fila. Llevabas un baby gris con finas rayas blancas. Yo no recuerdo porqué me había sentado allí, pero probablemente me habrían castigado. Nunca he sido propenso a sentarme en los primeros bancos de la clase. Recuerdo a ese profesor: era un tipo delgado y alto, ni joven, ni mayor, y tenía el pelo rizado. En ese momento dormitaba con los pies apoyados en la mesa.
Tú hacías unas cuentas, te movías inquieta, mirabas a un lado y a otro, y luego… De pronto sucedió: se oyó una risita. Era el chico que tenías al lado, luego se oyeron más. Te pusiste a llorar. Miré al suelo y vi que te habías hecho pis. El profesor se despertó. Ese hombre tenía un despertar muy malo. Se levantó y vino hasta ti. Cuando vio lo que había sucedido te arrastró y te puso de pie en medio de la clase. Estabas empapada. Algunos chicos al fondo se reían, pero la mayoría tenían demasiado miedo hasta para reír. El hombre te dijo muchas cosas, todas terribles, y tú llorabas. Recuerdo que tenías los ojos grandes, oscuros, y la piel muy morena. No sé porqué pero entonces yo dije: “¡gilipollas! Estaba en la primera fila y se oyó claramente. El hombre me miró como si no pudiera creer lo que había oído. Yo me quería morir. Se hizo un silencio sepulcral y el tiempo se paró en a1quel instante.
Vino hacia mí y me dio una bofetada. Vi un fogonazo azul dentro de mi cabeza y casi me caigo entre las mesas. Luego ese dolor frío y el pitido en la oreja. Nunca me habían dado un golpe así. El profesor aquel me cogió del cogote y me arrastró a empujones fuera de clase. Tenía el pelo rizado. Nunca te volví a ver pero recuerdo que en ese curso me dieron muchos palos.

viernes 5 de febrero de 2010

Náufrago

Una vez fui un náufrago. Un náufrago perdido en medio de la nada. Pasé muchos años así, mirando ese vacío –un cielo azul, repleto de espacio y de silencio, que parecía haber sido creado sólo para que lo sintieran los demás-. Durante el día no comprendía nada, pero cuando, por fin, conseguía alcanzar la noche, ya todo iba mejor –reconocía un sentido y un orden en ese magnífico universo. El cielo era negro y era estrellado. Oscuridad y luz. La Vía Láctea marcaba un camino en mi mente que podía seguir sin ninguna dificultad. Leía en las estrellas y en el aire igual que tú lees en tus libros. Allí encontraba mi lugar y cada noche hallaba mil respuestas-. No sé quién me enseñó a hacer eso, ni sé porqué lo hacía…
…Paré en mitad de la pared y pegué la frente al hielo. Jadeaba, estaba extenuado. Era muy tarde y el aire había cesado de repente. Sólo se oía el sonido de mi respiración. Sentí que el infinito se me había metido dentro. La atmósfera y el aire helado de la noche, el cielo, las estrellas, el frío de la nieve y toda esa soledad… Cuando cesó el fragor de los latidos en mis sienes miré hacia arriba. Por encima de mí, a unos cuarenta metros de distancia, sobresalía una cornisa de nieve. Imposible seguir. Bajo mis pies, una pared de hielo, descendía directa hacia el abismo. Abajo, oscuridad. Imposible bajar. La cuerda colgaba entre mis pies y se perdía sesenta metros más abajo. Al otro extremo ya no quedaba nadie…
Una vez fui un náufrago. Un náufrago del hielo y las estrellas. Pasé muchos años así, perdido en medio de la nada. Leía en las estrellas y en el aire buscando una respuesta…

jueves 4 de febrero de 2010

Escribir

Escribir cada día. No es fácil. No sé como lo hago. Me planto delante del papel y me quedo mirando, y entonces, de pronto, dejo mi vida a un lado y todo se transforma en un relato. Escribir cada día, desde hace tanto tiempo… ¿Y todo para qué?, ¿y todo para quién? Preguntas sin respuesta. Algunas veces pienso que no seré capaz, que ya me he saturado, que no me queda nada por decir, pero al final siempre aparece algún detalle, una delgada brisa que recorre el pasillo, el hueco de un rostro de mujer sobre la almohada… Miras por la ventana y ves a un corredor y piensas que la gente que corre siempre parece huir de su pasado y está tratando de alcanzar un futuro que se le escapa. La gente que escribe parece que no sabe correr.
Escribir, respirar, escribir. Atravesar los campos de la vida y la muerte, los viejos pasadizos de los años, las claves de la desesperanza, y en un momento dado, decirse de algún modo que el mundo en el que vives tal vez tenga dentro de sí una respuesta. Y así durante años. Luego viene el saber que no se sabe, después viene el saber que no hay respuestas, y al fin llega el saber demoledor que te dice que esto que escribes con la tenacidad de un loco, no es ni remotamente un pálido reflejo de escritura. Y entonces empiezas a escribir de nuevo, y lo haces cada día, y no sabes porqué, y lo sigues haciendo hasta que en tu interior no queda nada, y te quedas vacío de ilusiones mientras alrededor la gente corre con la mirada fija en un punto del horizonte.

miércoles 3 de febrero de 2010

No duerme la montaña

…No duerme la montaña ni el mundo ha empezado a pintarse el rostro de destino. Pero las cosas… Las cosas duermen. Duermen en ti, de un modo plácido, como una puesta de sol junto a un lago de primavera, y el mundo viene y va, y el aire se asfixia entre tus brazos. Esta noche, cada minuto, se alarga en la distancia, y es un presente eterno, una luz en la nada del vacío. Sólo queda el hueco de tu presencia. ¿Dónde estarás ahora? ¿Quién seguirá tus pasos…?
-¿Qué escribes?
-Nada.
-¿Puedo leerlo?
-Espera que lo acabo.
…¿Quién bailará sobre el montón de pólvora de tu camino..?
-Trae, anda, dame.
-Toma…
Ana se echa el pelo hacia atrás, como hace siempre, y se concentra.
-…¿Qué te parece?..
-Malo, bastante malo… Oye: ¿sabes que esta tarde he ido al médico?
-¿Ah, si?, y ¿qué te ha dicho?
-Que tengo cáncer: me operan la semana que viene.
Se echa el pelo hacia atrás con ese gesto suyo de siempre.

martes 2 de febrero de 2010

Cambiar

…Aquella tarde, al verme reflejado en el espejo de una casa desconocida, de pronto me encontré siguiendo el mismo recorrido sentimental que había hecho hacía quince años. El mismo tipo de mujer, los mismos escenarios, y yo, tratando de resucitar las mismas sensaciones… Todo era igual, excepto que yo ya no era el mismo. Entonces decidí que no iba a volver a repetir jamás aquella historia. Mi alma había muerto de hipotermia y yo la había abandonado en un rincón de mi pasado, y no iba a regresar ahora a rescatarla. Salí de su casa y de su vida. Eran las siete de la tarde y estaba oscuro y llovía ligeramente. Noté el viento helado golpearme en el rostro y sentí un escalofrío. Al menos siento algo, recuerdo que pensé. Aquel atardecer, el centro de la ciudad era el lugar más inhóspito de este planeta.
-¡Mierda de invierno! –murmuré. Y de nuevo decidí cambiar. Cambiar alguna cosa de mi vida.
-Eso es: cambiar, cambiar… No voy a ser el mismo –aceleré el paso. Doblé por una callejuela y salí a una calle principal. Era una de esas calles céntricas, repletas de grandes almacenes y comercios. Un par de prostitutas conversaban apoyadas en el cierre metálico de un local. Cuando pasé a su lado, una de ellas me dijo alguna cosa, pero no contesté: hacía demasiado frío hasta para hablar. O tal vez no… No sé. Debía cambiar alguna cosa. Paré, me di la vuelta, y las contemplé un instante. Cambiar… Mientras lo hacía, llegó un señor mayor, casi un anciano. Habló con la más alta apenas dos palabras y se marcharon juntos. Cruzaron la calle camino de un portal. No se miraron. El anciano iba encorvado, parecía arrastrar una carga insufrible de tristeza. La otra prostituta me observaba. Cambiar… Me di la vuelta y me marché de allí. Algo debía cambiar: algo, en alguna parte; en mí, en ti, en el anciano… Tal vez aquella prostituta era el único ser que estaba en el punto donde convergen las líneas de fuga del planeta, tal vez ella era el centro o tal vez ella debía cambiar, tal vez todos debiéramos cambiar cientos, miles de cosas, tal vez, tal vez... La música de esas palabras misteriosas sonaba como un mantra dentro de mi cabeza. La música de las palabras, recuerdo que pensé. Amaba las palabras como a ninguna otra cosa del mundo, y decidí cambiar, y continué despacio, buscando más palabras calle abajo.

lunes 1 de febrero de 2010

Sobre el dolor

-Te equivocas –me dijo con sus grandes ojos cargados de pasado-. El dolor nunca desaparece, lo que sucede es que de tanto estar ahí, de tanto doler durante tanto tiempo, llega un momento en el que ya no duele y está como escondido. Y no duele porque todo tiene un tiempo limitado de existencia, ¿sabes? Hasta para el dolor existe un tiempo. Quizás tú aún no lo has sentido. Me refiero a esa forma terrible de dolor. Si lo hubieras sentido sabrías de lo que hablo, lo reconocerías. Es un dolor profundo, que en un momento de tu vida, de un modo inesperado, llega y se instala dentro de tu corazón, y te desgarra de un modo atroz. ¿Sabes de lo que hablo? Te mata por dentro para siempre. Al principio no te das cuenta, pero luego, cuando, pasado un tiempo, crees que lo has superado e intentas volver a ser alguien normal, comprendes que ese dolor ha anulado una parte de ti, algo que nunca podrás recuperar de ningún modo. Una parte de ti se ha ido para siempre, ha desaparecido, y en su lugar sólo queda un hueco vacío. Eso hace el dolor, y el dolor tiene mil formas y mil intensidades, pero siempre hace lo mismo, deja en tu alma pequeños huecos vacíos, espacios en blanco más grandes o más pequeños, y eso sólo depende de la forma y la intensidad de lo que has padecido. ¿Me entiendes? ¿Por qué no dices nada?
-Déjalo estar –le respondí. Miré sus ojos grandes, y entonces ella se tapó la cara con las dos manos-. Venga, déjalo estar –continué, y le pasé mi brazo por los hombros. Sollozaba.
Caía la tarde y la ciudad, y el mundo, y la humanidad entera seguía su camino. Un grupo de chavales pasaron riendo a nuestro lado. Hasta el mismo universo seguía su camino, ajeno a su dolor.