jueves, 12 de febrero de 2009

Sal a la calle

Es viernes; cantan los pájaros. En las esquinas del mundo la nieve ha desaparecido y luce un sol hecho de alas de pájaros, de luz y de esperanzas. Un par de gatos se acercan sigilosos al jardín a contemplar como crecen las flores. Ha amanecido un día de primavera en medio del invierno. La gente extiende sus deseos en la hierba, y si miras con atención, puedes ver el primer beso de una pareja que no se llegará a besar hasta el verano.
Todo en el aire dice que ha terminado ya lo duro y lo terrible del invierno. Es viernes y tú has sobrevivido a otra estación. Tú, sola tú, sin nadie alrededor, como un árbol perdido entre la niebla. Ya ves, mujer, no ha sido para tanto. La gente se suicida más en los días de lluvia que en días como éstos, en los que luce el sol, y su luz ilumina hasta el infierno.
Así que ponte guapa, con ese traje rojo que tanto te gustaba. Baja las escaleras y sal a la calle por fin, como lo hacías antes. Grítale al mundo que no te han derrotado, que aún sigues aquí, que sientes más que nunca, que eres aún más sabia, que pierdes la cabeza como siempre, que no has dejado de soñar, que morirás de pie, que eres mujer desde las uñas de los pies hasta el punto y final de tus pestañas, que quieres sin querer querer, y aunque te duela un poco aún, te da lo mismo ya que no te quieran.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Los papeles del señor du Pres

El señor du Pres era un matemático constante, paciente, esforzado, preciso, infalible... Uno de esos científicos que aparecen como estrellas fugaces en la tierra, y que, cuando se van, dejan un vacío total, un agujero negro que nadie puede llenar en muchas décadas.
El día en que le conocí yo estaba sentado en un banco del parque y él llegó caminando despacio, con la mirada perdida, y varios papeles, escritos con tinta negra, en cada mano. Sin darse cuenta de mi presencia, se sentó junto a mí y comenzó a murmurar una especie de letanía.
Yo le dejé hacer. Observaba su rostro y sus manos -gesticulaba, agitando los papeles, como si discutiera con alguien que yo no podía ver-, paraba un instante y luego continuaba con su diálogo sin interlocutor.
Estuvimos así, el uno junto al otro, durante un espacio de tiempo que no sabría precisar. Tal vez una hora o dos. Yo estaba fascinado. A veces se quedaba mirando al cielo, y de pronto, trazaba líneas imaginarias que unían lo que yo imaginaba serían colosales planetas, estrellas errantes o misteriosos cometas que dejaban su estela de luz a través del espacio. Reconocí en él los rasgos de un conocido científico que el fin de semana anterior había sido entrevistado en un diario. Yo había leído el artículo con gran interés, pero ahora, por alguna extraña razón, lo había olvidado. Lo único que podía recordar era que hablaba de algo relacionado con los orígenes del mundo y de la astronomía y que la comunidad científica le había criticado, tachándole de loco y visionario.
En un momento dado, mientras le observaba, de pronto pareció encontrar algo, se quedó mirando un punto invisible en el cielo, consultó sus papeles una y otra vez, y noté como su rostro se iba poniendo pálido y una expresión de espanto fue creciendo en sus ojos, hasta que todo él -sus manos, su cuerpo, hasta el último poro de su piel-, se fue crispando hasta formar la imagen contraída del horror más profundo e inhumano que yo hubiera visto jamás. Se levantó y seguidamente cayó al suelo. Intenté levantarle, pero fue inútil, al instante de tomarlo en mis brazos me di cuenta de que había fallecido.
Hoy hace siete días de eso. He regresado al parque. He venido a buscar esos papeles. No los encuentro. Miro en las papeleras, tras los arbustos, busco por todas partes. Desde ese desdichado día en el que coincidí con el señor du Pres no consigo dormir. He leído todo lo que se ha publicado sobre él y no he encontrado nada. ¿Qué vio ese hombre?, ¿qué imaginó?, ¿que oscuro destino nos espera? El cielo está nublado y el parque está en silencio. Es un silencio pesado, cargado de presentimientos. Ya es de noche. No hay viento. Las nubes no dejan ver el cielo. No puedo imaginar que es eso que nos acecha, pero no puedo apartar de mi memoria la imagen de terror grabada en los ojos del pobre anciano y sé que lo que quiera que sea está ahí arriba, y es algo muy real. Algo terrible que está muy cerca ya. Miro a mi alrededor, no hay nadie. Quisiera huir pero no sé hacia dónde dirigirme. Me cuesta respirar; quiero tranquilizarme, pensar, pero no lo consigo. Estoy seguro, lo sé. Nos queda poco tiempo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Sequía

Aquel verano el calor resultaba insoportable. Hacía meses que no llovía y ni los más viejos del lugar habían conocido una sequía así. La casa daba a un pantano, que ahora no era más que un lodazal reseco, con un círculo de agua sucia en el centro. Ellos pasaban el verano allí, desde hacía ya muchos años, solos los dos, mirando al lago y recordando a su hijo que ya no estaba.
Casi nadie pasaba por allí y mucho menos ahora que no había ninguna posibilidad de pescar o darse un baño, por eso les extrañó oír el ruido de un motor. Salieron al balcón y se quedaron quietos escuchando. Un automóvil se acercó por el camino polvoriento que atravesaba el pinar. El motor del coche se paró dos veces, y después de varios intentos, las dos veces volvió a arrancar. Los dos contemplaron como se dirigió hacia el lago y atravesó la franja de barro seco que tiempo atrás había sido la orilla. Se movía a tirones, traqueteando, como un animal a punto de expirar.
En el silencio del campo, las ruedas producían un chasquido extraño al aplastar el barro agrietado; un sonido oscuro, desagradable, cargado de malos presagios. Ella, de un modo instintivo, se acercó a él, y le rozó la mano, pero él no se movió. Sólo observaba.
Las cigarras dejaron de cantar en el instante en que al coche se le paró el motor, embarrancado definitivamente en el barro que rodeaba el charco miserable. Se oyó a un ave rapaz chillar en algún lado; salvo ese ruido, el silencio ahora era total.
Todo permaneció así durante un tiempo -los dos ahora, no podían dejar de mirar hacia el centro del lago, hipnotizados por algo que contenía la escena-, luego, se abrió la puerta del coche y un hombre descendió. Caminó con cuidado un par de pasos hacia el agua, pero se hundió en el barro. Primero levantó una pierna y luego, con mucho más trabajo, levantó la otra. Llevaba los dos brazos en alto y un bidón de plástico en una mano. Aún consiguió avanzar un par de pasos, y luego otro par más, pero el barro le rodeaba. Avanzó unos metros más: el agua aún quedaba lejos; pero el hombre ya había perdido los zapatos y el barro le llegaba a la cintura. De pronto se paró, bajó los brazos, los enterró en el barro, y comenzó a llorar. Lloró durante mucho tiempo; se le oía sollozar con claridad a pesar de la distancia, parado allí, de pie, diminuto, con su cuerpo medio hundido en el lodo.
Los dos volvieron a entrar en la casa sin mirarse. El calor resultaba insoportable. Nunca antes habían padecido una sequía así, bueno, nunca antes no, hubo una vez, de eso hace ya muchos años.
La mujer se refugió en el baño, con la foto de su hijo apretada contra el pecho, Su hijo, un niño de diez años, que ahora ya no estaba.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Invierno

Son las siete de la mañana de un día de invierno. Las montañas y el prado están cubiertos por una intensa niebla. Se oye un golpear que el eco repite en las laderas, con un sonido seco. Es Jesús Guerrero que está junto al camino, en el pilón donde bebe el ganado. Da golpes con el hacha para romper el hielo. Tras él, un par de bueyes esperan que acabe la tarea.
Jesús parece ausente, está acostumbrado a los silencios. Pasa el verano en los prados de altura. Luego, en invierno, baja del chozo al pueblo, una semana o dos, de vez en cuando.
Jesús retira unas placas de hielo y los bueyes se acercan. Después entra en una choza pequeña de madera, y sale con un haz de forraje. Esparce un poco por el suelo, luego se sienta y mira, sin mirar, hacia la niebla.
Al rato se oye una voz y el sonar de una esquila. Es Marcos, el cabrero.
-¡Jesússss! -grita el cabrero.
Jesús espera hasta que el hombre aparece entre la niebla.
-Qué pasa, que subes tan temprano.
-Náaa, que quiero bajar pronto al pueblo pa la fiesta.
-¿Qué fiesta? -dice Jesús.
-Tu fiesta. ¡Qué ya ha venío, leches!
Jesús se levanta y aparta a uno de los bueyes.
-¿Ha sido hembra?
-¡Que no! ¡Que ha sío varón! ¡Que te ha venío un Jesusito!
-¿Varón? -Jesús se queda un rato pensativo, mirando al suelo cubierto por la escarcha, y sin mirar a Marcos dice:
-Bueno, espérame en el cruce por la tarde. Cuando acabe con el ganado bajo y lo vemos.

martes, 3 de febrero de 2009

El décimo

Había dormido bien y sin embargo se levantó cansado. Salió de casa y vio que le habían roto un cristal del coche. Miró el reloj: eran las seis de la mañana del día veintiuno de diciembre. Dejó las llaves a su mujer, habló con el seguro y decidió ir caminando hasta el trabajo. Al cruzar la avenida vio una ambulancia; un coche había atropellado a dos personas. Se acercó a una administración de lotería. Compró dos décimos y le dieron el número 16212. Por la tarde le echaron del trabajo. Esa noche no consiguió dormir. Al día siguiente se sentó frente al televisor. Esperó a que los niños cantaran el último número del sorteo y luego se tumbó en el sofá. No le había tocado nada. Pasó el resto del día y la noche siguiente allí, tumbado en el sofá, mirando el techo.

lunes, 2 de febrero de 2009

Un lunes cualquiera

Andrés miró a su alrededor. Esa mañana se sentía extraño. Había dormido mal y decidió dejar el coche e ir en autobús. Ya no recordaba la última vez que subió a un autobús. Se quedó parado delante del conductor esperando que sucediera algo, pero pasaba el tiempo y no sucedía nada. Luego, por fin, le preguntó cuanto costaba el viaje. El conductor le dijo el importe y él pagó. Se dirigió a la parte central y se situó de pie frente a la puerta. No había demasiada gente pero todos los sitios estaban ocupados y se quedó allí, parado, observando todo lo que sucedía a su alrededor. El autobús parecía pequeño y opresivo; pensó que los viejos autobuses que él recordaba eran más grandes. Los asientos, las barras para agarrarse, los pasillos, todo parecía haber encogido.
Miró el reloj, pero no supo que hora era. Volvió a mirarlo y se quedó tranquilo, pero al instante comprobó que lo había olvidado. Luego cayó en la cuenta de que no había mirado el número del autobús al que se había subido. Miró con aprensión por las ventanillas pero reconoció unos bloques de casas y una calle que estaba en cuesta. Parecía ir por la ruta correcta. Se quedó un poco más tranquilo.
Entonces buscó la cartera en el bolsillo de su chaqueta y no la encontró. ¿Se la había dejado en casa? No podía recordarlo. Seguramente si. Tanteó varias veces en todos los bolsillos y luego volvió a repetir la operación. Sintió que se ponía nervioso ante esa incapacidad para concentrarse. No está, tuvo que decirse a sí mismo, para zanjar el tema. Llamaré a casa cuando llegue a la oficina.
El autobús se detuvo en una parada y él se bajó. Estaba en la puerta de un hospital. ¿Porqué me he bajado aquí?, pensó. Recordó que su oficina estaba situada justo en la otra punta de la ciudad. Lo recordó con toda claridad. Lo que no podía recordar era porqué había terminado allí. Miró el reloj. Era muy tarde, ya no iba a llegar a trabajar. ¿Qué estoy haciendo aquí? Le parecía estúpida toda esa historia. Cada vez estaba más nervioso. Sintió una extraña ansiedad que le aplastaba el pecho. Le costaba respirar y le dolía bastante la cabeza. Caminó un poco por la acera; entonces vio el cartel: urgencias, y entró dentro. Era un hospital de niños pero le atendieron igual. Cuando le sacaron tumbado en la camilla le dijo adiós a un niño con la mano; el niño tenía vendada la cabeza. Una ambulancia le trasladó a otro centro. Allí le hicieron una resonancia y varias pruebas más, pero para entonces él ya no hablaba ni recordaba nada. A las nueve de la mañana el tráfico era un caos. La gente cruzaba los semáforos de prisa y los coches no avanzaban. Había comenzado a llover. Un médico escribió el parte de defunción. Era un lunes cualquiera en cualquier parte.

domingo, 1 de febrero de 2009

¡Oiga! ¡Señora! ¿Me oye?

Una mano tendida al vacío y el vértigo de saber que tú no estás. El cielo es un agujero negro que se ha tragado las estrellas. ¡Mario! ¡Espera, espera! ¡Voy a ver si puedo cogerle una vía! Las estrellas... No; aquellas no eran mis estrellas. Dios las había hecho para otra. Un hombre, una mujer... Caminaban cogidos de la cintura. Parecía que lo hubieran hecho desde el principio de los tiempos, pero ella no era yo ¡No, no, no...! ¡No la muevas por ahí! Lo tiene fracturado; ¡déjala quieta hasta que la saquen! ¡Trae algo para la hemorragia! ¿Donde están los bomberos? La avenida se prolongaba hasta el infinito y ella y él iban dejando atrás restos de su pasado. Parecían tan felices, pero eso... Pero eso qué más da. Yo no era ella, yo no iba junto a él. Mira, ya han llegado los bomberos. Ahora lo que importa es que me saquen de aquí. Será posible, me ha tocado el bombero más feo. ¿Dónde se meten los bomberos de los calendarios? Si, claro, yo también los he visto una vez. Era en Navidades y estaban allí, en la calle Preciados, detrás de una mesita de madera, con unos gorritos de Papá Noel, qué desencanto. En persona no eran tan altos... ¿Qué mueva las piernas?, Me gustaría verte a ti aquí dentro. ¡Oiga! ¡Señora! ¿Me oye? ¿Puede mover las piernas? Que sí, que ya las muevo... Qué sueño, creo que me voy a dormir seré ridícula. Verás cuando se entere mi marido, el coche recién sacado del taller... Qué ruido, y esas luces, hay sangre en el cristal... Hay que ver cuántas ambulancias, qué lío. ¿Qué mueva las piernas? Qué sueño, qué sueño... será imbécil, que mueva las piernas... Tengo tanto sueño...voy... a... dormir... un... poco...