martes, 12 de mayo de 2009

Antonio Vega

Ahora ya descansa de toda la tristeza
su voz y su guitarra se han ido para siempre.
Hay un espacio vacío entre las flores
la chica ya no volverá a jugar en el jardín.

Se ha ido
dejando tras de sí un mundo diferente
la huella del talento, su mirada cansada,
la voz sin esperanza de su melancolía.

Ahora son las nueve de la noche. Una zarpa de tigre le espera agazapada entre las sombras. Nace un niño y se muere Antonio Vega, y la chica siente un dolor que le abrasa en el alma.

Nada sirve de nada, sólo el talento. La vida viene y va, como las amapolas. Mañana va a llover -siempre llueve cuando muere un poeta-, y existirán las rosas, igual que existieron ayer y existirán mañana.

Ahora son las nueve de la noche, pero eso ya da igual, Antonio Vega ha muerto y el mundo se ha quedado solo.

Los cristales de Olga

Eran las nueve de la noche cuando Olga salió del laboratorio. Tras ella, bajo la lente del microscopio, un conjunto de partículas de cristal de color rojo se había organizado de un modo nuevo, con un orden y un sentido, que nadie, excepto ella, podía comprender. En el tren, de vuelta hacia su casa, Olga estaba pensativa. Había invertido tanto tiempo y tanta energía en el proyecto que ahora sentía que esos cristales formaban parte de su vida, como su corazón, su alma o sus recuerdos, y que ellos poseían la respuesta de algo que aún no sabía definir. Olga buscaba dotar a sus cristales de una estructura nueva, tal vez una nueva forma de transparencia muy cercana al vacío, ajena a cualquier distorsión. Algo que le proporcionara el acceso hacia una visión de la luz y el color, muy próxima al origen de la vida.
Cayó la noche. Miró por la ventana. Sobre el vagón del tren brillaban las estrellas. Como cristales blancos ─pensó, y una sonrisa se dibujó en sus labios─. El tren siguió su marcha, como tantas otras cosas siguen su marcha en nuestras vidas. Olga aún no lo sabía, pero en esos cristales buscaba la respuesta al misterio perfecto, universal, sutil, frágil y eterno, de la armonía.

lunes, 11 de mayo de 2009

Ya no podía recordar

Esa tarde Jameela sintió que ya no podía ir más allá. Acababa de cumplir dieciséis años y, de pronto, sintió que había perdido las ganas de vivir. Miró a su alrededor y contempló la calle en que nació. De las casas más grandes apenas quedaba la fachada. Todo a su alrededor eran escombros, polvo y miseria. Junto a un pequeño muro derruido, unos niños jugaban a la guerra. En un cruce, un carro se había atascado, y unos hombres lo empujaban mientras gritaban y golpeaban inútilmente al burro, en un intento vano de salir de allí.
Jameela cambió el recipiente de barro de una mano a la otra. Luego, de vuelta, si conseguía agua, sería aún más pesado. Una ráfaga de viento arrastró una nube de polvo. Sintió el sabor a tierra en la garganta. Cerró los ojos. Intentó taparse la boca con un trapo, pero no había manera, ese polvo estaba por todas partes, impregnando cada momento de su vida. Ya no podía recordar cómo era su mundo antes de que todo fuera invadido por el polvo.
Jameela atravesó despacio la ciudad, igual que cada día. Su vida, desde hacía siete años, se resumía a eso: atravesar una ciudad en ruinas con un enorme cántaro y regresar después hasta su casa. Hoy no había conseguido agua. Mientras volvía, unos aviones sobrevolaron la ciudad, eran unos pequeños puntos diminutos en el cielo, volaban a gran altura, casi no se veían, sólo se oía el monótono ronroneo de la muerte y el retumbar lejano de las bombas, igual que cada día.
Jameela de pronto se sentó en el suelo. Estaba en medio de la calle. Ya no podía ir más allá. Acababa de cumplir dieciséis años y sus lágrimas formaron surcos en su rostro cubierto por el polvo. El mismo polvo en que se había convertido su mundo, su vida, su ciudad.

Finanzas

Un hombre mata a un hombre
Un animal mata a otro animal
El dinero se posa sobre los cadáveres
Los inversores son llamados
A la reunión de la sangre en el salón.
Carneros viejos, acabados
De miradas febriles
Cuentan su oro al otro lado del muro de la soledad.
Desde la oscuridad
Me llega el tintineo de esas monedas que caen,
Una tras otra,
y escucho sus suspiros de satisfacción.
Les oigo contar: “un muerto, cien muertos, mil muertos…”

domingo, 10 de mayo de 2009

¿Lo sabes?

    La encontré sentada en el suelo, en una esquina, bajo un soportal. Eran las tres de la madrugada y llovía con rabia. Encogida, miraba al infinito y se abrazaba las piernas con los brazos. Aquel lugar olía a orines y a excrementos. Esperé de pie, a su lado, a que la lluvia cesara. Era una noche extraña, el agua formaba ríos, arrastrando a su paso papeles, desperdicios, vasos de plástico... Toda la suciedad del mundo parecía precipitarse calle abajo. De vez en cuando alguien pasaba a la carrera. Se oían voces y ruidos de sirenas. Me quedé mucho tiempo en silencio, mirando la lluvia resbalar sobre los tejados, hasta que dejaron de oírse las sirenas. Entonces le dije a la muchacha: ¿sabes? La mente nos dice que es imposible, que no somos capaces, que ya es demasiado tarde, o que nunca lo vamos a conseguir -la joven, me miró como si regresara de muy lejos-, pero la mente se equivoca. Lo único que sucede es que tiene miedo. Miedo a sobreponerse, miedo a luchar, miedo a no ser capaz de conseguirlo. ¿Lo sabes? -pregunté-.

   -Sí -contestó-. Se levantó despacio, me dio la mano y nos fuimos de allí. Había dejado de llover y las luces se reflejaban de un modo hermoso en el asfalto.

jueves, 7 de mayo de 2009

Reflexión

   En aquel tiempo yo había descubierto que no sabía nada de nada. No sólo no sabía quienes eran los demás, ni llegaba a entender las extrañas razones que los movían, sino que tampoco sabía quién era yo mismo, pero... ¿Quién sabe realmente quién o qué es?

  Le di muchas vueltas a la idea que tenía de mí y a la forma en cómo me veían los demás. Oía sus comentarios cuando pasaban a mi lado, les oía cuchichear, estudiaba sus gestos... Alguna vez me señalaban. Una tarde -se había ido la luz en la oficina-, Marta, la chica que trabaja en la mesa de la esquina, puso su mano sobre mi y la mantuvo allí, caliente y palpitante, durante un rato, hasta que casi me ahogo de calor. Fue un poco embarazoso, pero desde ese día, esa chica, pasó a ser especial.

  En aquel tiempo reflexioné durante largas horas, de día y de noche, intentando comprender el sentido y el fin de aquella vida que me había tocado llevar. Hoy me he olvidado de eso. Creo que, por fin, lo he comprendido. Soy un muñeco de nieve dentro de una bola de cristal llena de agua. Ese fue mi destino y así debo vivir. Algunos días pasa Marta, me toma entre sus manos, me da la vuelta, y entonces, en mi mundo empieza a nevar. A ella le gusta -veo sus labios sonreír a través del agua y los copos de nieve-, y si a ella le gusta lo que soy, a mí también.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Ella alguna vez fue hermosa y estuvo viva

Hay un instante en la noche
en que todo se para, hasta la vida.
Una mujer sin nombre canta una estrofa de Lou Reed
la repite una y otra vez, como una letanía
“hey babe, take a walk on the wild side”
y en su voz rota el dolor se vuelve intenso, tangible y pesado como la losa que cubre una tumba.
La mujer canta y me mira con sus ojos vacíos, con su alma vacía
con su cuerpo acabado, infinito, profundo... Helado y oscuro, como un abismo en el fondo del mar.
La mujer canta y el dolor crece y atraviesa todas las heridas,
Y avanza como una ola que arrasa todo lo que existe.

Su mano golpea un instrumento
que suena como un corazón
como un doliente corazón agonizante.

¿De dónde vienes mujer de los sesenta?
¿En qué momento perdiste la luz de tus ojos y el último resto de tu belleza?
No les cantes a ellos. Aún no pueden comprender.
Sólo yo reconozco tu canto de muerte en esta noche ciega
donde no queda ni el brillo de una sola estrella para ti.

Lo sé, has llegado hasta aquí, y ese lado salvaje, esta noche, es un infierno más terrible de lo que nunca llegaste a imaginar.