jueves, 18 de junio de 2009

Conjuntivitis

Había que haber estado muerto para no verla. Pasó frente a mí deprisa, cabalgando sobre unos zapatos de color rojo con unos tacones imposibles. Sus piernas acababan a la altura del tercer piso de la casa de enfrente, justo donde empezaba su minifalda. Llevaba un microtraje de verano de color negro, pegado al cuerpo. La seguí con la mirada hasta que dobló la esquina. Tenía el pelo muy claro, largo, rubio y brillante, y andaba con el estilo propio de una modelo profesional. Su imagen se me quedó grabada en las pupilas toda la noche.
Hoy no he ido a trabajar. Me he despertado con un dolor extraño. Tengo los ojos rojos, inyectados en sangre, me escuecen y apenas consigo ver. El médico me ha dicho que puede ser una conjuntivitis fuerte, o tal vez una subida de tensión, o el polen, o las migrañas, que hay que esperar un tiempo a ver qué pasa. Yo, por mi parte, me he hecho el firme propósito de no volver a mirar a esa mujer, aunque, claro, de alguna forma, eso también me está matando.

miércoles, 17 de junio de 2009

Nada

Sentado en la barra del bar escribió una serie de notas inconexas: palabras atrapadas en palabras, gestos, miradas, olores, formas de andar... Buscó entre aquella gente el rastro de algún remoto sentimiento, pero no consiguió encontrarlo. Allí no había nada.
Cuando salió era muy tarde. Sobre la acera dormían algunos vagabundos. Un perro se acercó hasta él, pero alguien lo llamó y el perro se marchó corriendo.
Cruzó una plaza. En los bancos se había congregado gente. Un viejo, ebrio, gritaba. Una pareja fumaba una pipa de crack. Buscó en sus corazones, allí tampoco había nada.
Caminó calle abajo, una mujer gritó. Un hombre la arrastraba cogida del brazo. Un coche de policía interrumpió sus gritos. Un policía se bajó del coche y se dirigió hacia ellos. La mujer dejó de gritar y en ese instante comenzó a llover. Él escribió unas notas. Se refugió bajo un andamio. Ahora llovía más fuerte. Las gotas de lluvia caían extrañamente frías. Miro a su alrededor: el agua había borrado la tinta del cuaderno. Salía vaho del asfalto caliente. No sintió nada.
Decidió regresar a su casa, pero enseguida comprendió que no existía eso que él, alguna vez, había dado en llamar su casa. Pensó hacia donde dirigirse. Al doblar una esquina un hombre vestido de negro le entregó una tarjeta. Era la tarjeta de un club. Desde el pedazo de cartón una mujer, desnuda, sonreía. Era rubia y sus ojos miraban a la nada. Caminó calle abajo hasta llegar a una avenida. Se sentó en un banco y escribió: “Caer desde el cielo hasta el lugar secreto donde entierran los barcos. Caer al lugar de la arena incendiada en la noche. Caer, como caen los animales, tranquilos y en silencio, atravesando el dolor con la mirada”. Se quedó pensativo después de escribir eso y de pronto sintió asco y ganas de vomitar. Estaba mareado. En una esquina de la plaza, nervioso y jadeante, un animal le observaba. Se había escondido bajo uno de los bancos. Era el perro de antes. Se acercó. No te asustes, le dijo, pero alguien le había clavado una navaja entre los ojos y aunque intentó tranquilizarle, el animal no le reconoció. Lanzó una dentellada al aire y le manchó de sangre. En los ojos del perro se materializó la muerte y cayó al suelo. Él recogió la muerte con cuidado. Era una especie de frágil objeto de cristal. Miró a su alrededor. Ahora estaba en la barra de un bar, pero no había nadie. Notó el aire cargado de humo en el ambiente y suspirando se arrancó con su mano derecha el corazón. Aún antes de sacarlo de su pecho ya había dejado de latir. Lo sostuvo en su mano y se quedó mirando aquel objeto. Era como una especie de manzana podrida y manchada de sangre, tal vez era otra cosa ─no conseguía verlo bien─, tal vez aquello no era sangre y el líquido sólo era alguna especie de salsa o caramelo. No parecía suyo aquel maldito jodido, asqueroso corazón.

martes, 16 de junio de 2009

Madrugada de junio, llueve

La calle está desierta en esta madrugada de lluvia repentina. Un perro duerme junto a la puerta vieja. Mientras camino, espero que suceda el milagro que sólo llega a mí en esta hora extraña. El perro levanta su cabeza y olfatea en el viento pesado y pestilente. La ciudad se sumerge en el sopor de un verano que aún no ha comenzado y sin embargo ya se ha cobrado algunos gestos de mi vida. Los ojos de este perro son profundos y negros, como pozos sin fondo, y ocultan el horror, como todas las cosas negras. Continúo mi camino y atravieso los campos de batalla. Hay miradas vacías en la plaza, soledades sin rumbo que se hunden en la noche. Es muy tarde: en el solar, el vagabundo ha muerto. Velan sus restos los hierros de un andamio y dos cubos de basura. Los barrenderos riegan, a pesar de la lluvia y del silencio. El reflejo del agua me trae a la memoria su recuerdo. El vagabundo era un pez atrapado en su pecera, una estrella de fuego en la frontera. Creció entre la miseria y la desolación, en el lugar donde se juntan todos los ojos negros. Cuando perdió su luz y la locura vino a robarle el alma, le encontró bien dispuesto, con los brazos en cruz y los ojos brillantes, agradecido al fin de que acabara aquello. Vuelve a llover, la ciudad no respira. Duermen los ojos negros de ese perro. A solas y en silencio, como la muerte.

lunes, 15 de junio de 2009

Creación

Es de noche, muy tarde, leo un libro. Palabras, regueros de palabras, frases que se entrelazan. Magia, dolor, belleza… Misterio que transforma lo que alcanza. La vida y la muerte suspendidas en un instante de intensidad total. Es el Arte, la Creación. La búsqueda que no termina nunca. Un camino que se prolonga al infinito. Desde lo más pequeño a lo más grande, desde lo más grande a lo más pequeño. ¿A dónde vamos ahora?, parece gritar cada palabra, y su grito es locura y destello, caricia, gesto, anhelo. ¡Vamos, no te pares ahora! Me gritan las palabras. Y yo busco un camino hacia lo más profundo de cada una de ellas, y desciendo y desciendo, hasta el frío o la muerte, si hace falta. No temas, me dicen las palabras. Otra página más y el espíritu se turba y se estremece. Las palabras parecen cobrar vida y se alzan de pronto, como seres inmensos, surgiendo del frío y las tinieblas, y se elevan hasta alcanzar ese lugar inhóspito donde los corazones apenas consiguen respirar y se quedan conmigo el tiempo suficiente como para hacerse palabra muy adentro; milagro de palabras que transforman la piedra de mi alma en corazón.

domingo, 14 de junio de 2009

En el último año

En el último año de mi primera vida mi Dios es un perro que olfatea por las esquinas, un encuentro en la noche, un viaje en el cielo, un reflejo en un charco. Una muchacha china que ofrece sus latas de cerveza y sonríe: “¿cerveza?, ¿cerveza?”
Y no hay nada más que esperar de la existencia que este extraño silencio que nos regala la lluvia de repente, y el cobijo del árbol, y el canto de un hombre que viene de muy lejos y toca una guitarra.
El mendigo vomita su carga de dolor sobre la acera; alguien nace, alguien muere, y en los charcos se sigue reflejando la misma luna de siempre. La misma luna que hizo soñar a nuestros muertos y que ahora, en tus ojos, cansados de mirar, mujer, esconde un paraíso. Respiro hondo y miro a mi alrededor y entre el olor a muerte y a tristeza reconozco a mi Dios. Mi Dios, que había muerto, y esta noche regresa a la vida.

jueves, 11 de junio de 2009

Despedida

Bajo el árbol inmenso, allá donde no llega la lluvia, estamos juntos en la noche, uno al lado del otro, rodeados de gestos de silencio y primavera. Hay un cielo de soledad y despedida, un murmullo de adiós sobre la hierba, un recuerdo que se disolverá en el viento.
Lo sé, todo tiene su tiempo, y a cada instante de felicidad le sigue su instante de amargura. Se secará la tierra y el aire se llevará estos sentimientos. Tal vez volverás a sentir tus labios en los míos, quizás en otro amanecer, o en otra despedida. Regresarás de nuevo, cuando el destino te marque su momento, y estrecharás tus manos en las mías. Tú parecerás tú y creerás que eres la misma, pero ya nada será igual. Yo nunca volveré a ser yo bajo el árbol inmenso. Tú nunca serás tú en este momento. Se habrá secado mi alma, se habrá acabado el tiempo. Es demasiado corto el instante que dura nuestra vida.

martes, 9 de junio de 2009

Nos quedan las palabras

Da igual que se acaben las horas, que choquen los planetas, que el cielo se desgarre en las esquinas, somos parte de un mundo que avanza al infinito. ¿De qué sirve reír, llorar o lamentarse? Nos quedan las palabras y debemos usarlas.
Camino, busco y siento, y en medio de la soledad de este mundo en que ya parece que nunca queda nada, siempre acabo en el mar de tu esperanza. Hay un sitio a la espera, escondido en algún lugar de la memoria, donde todo regresa, y existe un camino cargado de magia y de misterio que me lleva hasta ti. Tú, siempre tú, la gran desconocida, que camina también entre la niebla. ¿Dónde quedan tus huellas? ¿En qué lugar habitas? Tal vez en un desierto o en una playa. Da igual que a cada paso nos engulla el abismo, no pares, continúa. La vida nos acerca. Mientras tanto nos quedan las palabras.