domingo, 28 de junio de 2009

Aquel verano

Aquel verano solían pasar las noches tumbados en la hierba. Ella miraba las estrellas, y él la miraba a ella. Los dos eran muy jóvenes y no puede decirse que hablaran demasiado. Él acariciaba su pelo y ella se limitaba a dejarse acariciar. Nunca hubo dos personas que estuvieran tan juntas sin hablar.
Una tarde rompieron la rutina y fueron juntos a una sala de cine. En la pantalla salieron unos pájaros y ella apretó su mano fuertemente. Resultaba algo extraño verla tan asustada. Él miró dentro de sus ojos y encontró en ellos una forma nueva y desconocida de terror. En ese instante su instinto le advirtió de que algo irremediable acababa de empezar.
Salieron de aquel cine como si no hubiera pasado nada. Nunca hablaron de eso, pero los dos sabían que ya nunca sería nada igual. Algo oscuro, siniestro e inhumano había sucedido en esa sala y él supo que iba a cambiar el curso de sus vidas para siempre. Algo que él percibió como una maldición, se había apoderado del alma de esa chica y allí se quedaría y no se iría jamás. Vivieron aquel año como si fuera el último. Se quisieron a muerte, desesperadamente. Él la quiso con toda el alma y ella le quiso a él. Luego, por Navidades, una noche igual que cualquier otra, de pronto, todo aquello terminó.
Él se casó con otra. Ahora tiene dos hijas y una casa en una playa de moda. Ella vive ingresada en un psiquiátrico. Él a veces aún piensa en ella. Hace muchos años que no va a verla, no puede soportar verla en aquel lugar.

viernes, 26 de junio de 2009

Tres niñas

Son tres, y en cada una de ellas, fluye el océano del existir a su manera. Cada gesto que nace de ellas es un gesto y nada más, como el dibujo de un círculo perfecto en el cielo. Sólo la luz del día puede estar a su lado, mientras nosotros nos alejamos, perdidos entre las sombras. Etéreas, indescifrables, perfectas en su existencia. En sus ojos esconden indescifrables luces, juegos sin reglas, historias por escribir. La esencia de la sabiduría que nosotros perdimos en un instante extraño del pasado. Cuando las ves comprendes que un misterio las guarda a salvo de todo lo que es más nuestro, ese pozo de olvido que hemos cavado en la tierra donde un día sólo tenía sentido la ilusión. En su existir son frágiles y al mismo tiempo tan fuertes. Ellas tres son la esperanza, la lucha tan necesaria. Son nuestra resurrección. Ellas nos mantienen vivos. Eso es lo más fascinante: ¿cómo han conseguido eso? Ese es su enorme misterio, el enigma de su existir. Por eso, inconscientemente, los diez mil ojos del mundo las miramos asombrados.

jueves, 25 de junio de 2009

Recuerdos desde mi galaxia

Vivían absolutamente tristes, pero despreocupados, como seres que hubieran perdido la memoria, sin recordar nunca lo que había hecho su civilización en el pasado, sin mirarse a la cara, sin contemplar jamás su propia imagen reflejada en los espejos, sin pensar tampoco en su futuro. Así eran ellos, los hombres y mujeres de ese mundo. Se reunían en inmensos asentamientos que llamaban ciudades. Espacios claustrofóbicos donde el planeta se llenaba de humo, de prisa y de violencia, y donde el desencanto impedía que pudiera desarrollarse cualquier forma de vida real y verdadera. Quedaban muy pocos entre ellos que supieran mirar alrededor y comprender el drama que estaba generando todo aquello. Gastaban más en armas que en alimentos, empleaban más tiempo en trabajar que en vivir de un modo aceptable el corto tiempo de sus vidas. Lo que más me llamó la atención en aquellos días ─entonces yo apenas sabía nada de ellos─, era su forma sumisa y despegada de aceptar todo aquello. Se limitaban a estar en el mundo mientras caminaban de un modo seguro y decidido hacia su destrucción, sin luchar contra ello, convencidos de que no había solución, sometidos a todas las formas posibles de la injusticia que eran capaces de imaginar un grupo de ellos que manejaba el destino del resto. Una tarde del mes de junio de su año dos mil nueve me materialicé en un lugar que ellos llamaban Wildeernhosse. Tomé unas muestras ─un, hombre, una mujer, un anciano y un niño de cada uno de sus sexos─ y regresé a la nave. No he vuelto nunca a ese punto perdido del universo. Supongo que ya se habrán extinguido. Por lo demás, todos mis estudios no revelaron nada que fuera interesante. Esos seres carecían de casi todo lo necesario para conseguir sobrevivir durante mucho tiempo más en su planeta.
Aquí, en mi nave, he construido para las muestras recogidas, un ecosistema similar al que tenían en su lugar de origen. Dos se han reproducido ─curiosamente, el más anciano de ellos─, otro ha tomado el mando y tiene sometido al resto de su grupo ─ha conseguido fabricar un arma primitiva pero letal─. Yo estudio su comportamiento cada día, no quiero intervenir para no desvirtuar el resultado del experimento, pero me temo que, si no hago algo, en breve perderé todas las muestras.

miércoles, 24 de junio de 2009

¡Que cosas!

Eran las doce de la noche y lo encontré borracho, tirado entre unas cajas de cartón. Hablaba con acento francés y a pesar de que estábamos a más de treinta grados llevaba puesto un grueso abrigo. Su cuerpo apestaba de un modo insoportable. Me senté junto a él y le ofrecí un trago. Nos pusimos a hablar. Nos sentamos en la calle, justo enfrente de la cristalera de un restaurante chic, con sillones tapizados de blanco y gente de esa que cena un viernes por la noche con chaqueta. Había mujeres bien peinadas, todas mirando sus platos en silencio. De pronto, el hombre se incorporó, bebió otro trago, y con voz de borracho, mirando hacia la cristalera, empezó a gritar: “¡Vosotros, capullos nacidos en el barro, torpes carentes de significado, rellenad los impresos, haced todos los cursos, no escatiméis los medios para hacer del futuro una jaula de cerdos! ¡Y vosotras, nacidas de costillas y entresijos, buscad un buen marido con dinero. Casaros, tened hijos, rellenad vuestros pechos antes de los cuarenta, y cumplid con todos los horarios. Debéis llegar gordas y bien extenuadas a los cincuenta, y así, junto con el asno que habéis tomado por marido, podréis crear un infierno perfecto en cada cama y en cada habitación de vuestra casa! ¡Cumplid con la hipoteca y con el banco. Multiplicaos a gusto, como dice la Santa Madre Iglesia. Respetad a los jefes y a toda autoridad absurda que se cruce en vuestro camino. Haced el miserable, pedazo de capullos, hacedlo a fondo, no os toméis un descanso, que la vida es muy corta y hay que subir muy alto! ¡Tened un coche grande y un corazón pequeño, que la vida se pasa y apenas nos da tiempo para morir despacio!”. Luego continuó desvariando, como uno de esos predicadores locos, diciendo a gritos cosas por el estilo. La gente, al otro lado del cristal, nos miraba sin comprender. Probablemente, dentro del restaurante, no oían nada. Yo empezaba a ponerme nervioso. Todos habían dejado de comer y nos observaban haciendo muecas de asco. Entonces el tipo se levantó de pronto, cruzó la calle, y con grandes aspavientos, desplegó su abrigo y se puso a orinar contra la cristalera del restaurante. Un par de mujeres se levantaron de sus mesas y fueron al servicio a empolvarse la nariz. La gente comenzó a arremolinarse en la acera, riéndose de él, y un joven le tiró una lata de cerveza. Le dije al tipo que parara cuando vi al maitre salir a la puerta y llamar a un coche de policía que pasaba en ese instante por allí, pero él continuó gritando. Un policía se bajó del coche, vino hasta nosotros, se puso los guantes y con un gesto de asco lo levantó en vilo, agarrándole por el cogote y por la solapa del abrigo. Lo arrastró calle abajo propinándole patadas y empujones. Al rato aún se le oía gritar a lo lejos: “¡Mamones! ¡Gilipollas! ¡Muertos de hambre! ¡Desechos de mierda y de basura! ¡Borregos! ¡Tragapollas!.. ¡Si no os joden hoy os joderán mañana!”
¡Qué cosas!; cuando me fui de allí, el maitre le decía a uno de los clientes que, el tipo éste, antes de perder la cabeza, fue presidente del Banco Central Europeo. Un cargo bastante importante, según me han comentado luego.

martes, 23 de junio de 2009

Manos

Manos que se alzan y golpean, que rompen los vestidos, que empuñan armas y que levantan muros. Manos que no acarician vidas, sino que las corrompen. Manos de unos seres siniestros que le roban al ser humano el alma. Manos que nos machacan. Manos que cada día arrebatan al pobre sus derechos. Manos que arrasan tierras y quitan al campesino lo que le pertenece desde que el mundo es mundo. Manos que tienen en sus manos todo el poder del mundo, y viven sólo para que vivan ellos. Manos de los explotadores que nos roban la tierra, el agua y el alimento. Manos que venden armas, que forjan guerras, que matan niños, que arrasan campos. Manos de la codicia y de la muerte. Manos que nos quitan nuestro trabajo, nuestros recursos, nuestra esperanza. Manos del hambre y de la miseria. Manos que destrozan las selvas, que arrasan nuestro planeta. Manos que manejan los capitales y hunden los continentes. Manos de los banqueros y de los traficantes, que se revuelcan en el oro negro de su riqueza. Manos, oscuras manos, que, en sus manejos, mantienen este dolor que nunca acaba, profundo e inabarcable, de todas esas otras manos pequeñas que sobreviven a golpes, del terror, de las guerras y la desesperanza. Manos anónimas, manos desesperadas, de hombres, mujeres, niños. Manos de cientos, de millones de inocentes, que, en este mundo salvaje, injusto y sin moral en que vivimos, para ellos, valen menos que nada.

lunes, 22 de junio de 2009

El azar y los sueños

Tumbado en la hierba de este maravilloso día de verano todo parece sencillo. El cielo tiene un color azul turquesa que emborracha los sentidos y las copas de los árboles se mecen de un modo imperceptible a causa de la brisa. Algunos sueños vuelan de rama en rama y bajan a posarse junto a mí. Hay un azar que reordena el mundo de todos estos sueños, y siento como a cada instante regresa de la muerte un corazón. Yo permanezco a la espera, atento a cada gesto de la naturaleza, con todos mis sentidos en lo eterno, y mientras observo el mundo, percibo con toda claridad el misterio esencial de este fascinante cambio. En los ojos de una muchacha encuentro un viejo hogar que me llena el alma de dulces sentimientos y en el andar pausado de un anciano reconozco un gesto conocido, que casi había olvidado ya, y que sólo ahora empiezo a comprender, después de tanto tiempo, del modo como se comprende, en el fondo del corazón, una puesta de sol callada, hermosa y triste.
Una vez más se fue la primavera y de nuevo, los locos malditos de la tierra, hemos sobrevivido a toda esta explosión de vida. Ahora, nuestros espíritus, antes atormentados, luchan por regresar al tiempo, pausado y descendente, que lleva hacia los valles, donde el clima es más suave y los gestos más largos. Hay un rumor calmado que llena todo el paisaje, y se percibe en el crecer de la hierba y en la nube, en el canto del pájaro y también en el agua del río. El azar me ha traído esta mañana hasta este lugar apartado, y no puedo quejarme. He dejado restos de mi alma en el camino pero aún conservo un poco de aquella intensidad de antaño en mi mirada, y si cierro los ojos aún recuerdo el sabor de aquel mar en tus labios, cuando estabas conmigo.

domingo, 21 de junio de 2009

El vacío

Aquella noche salió a la calle y caminó durante mucho tiempo, sin rumbo, sin pensar en nada. Sentía un gran vacío en su interior. Todo dolía demasiado, su vida, su pasado, el recuerdo de aquella despedida, el frío del invierno y el calor del verano. Caminó y caminó hasta que dejó su casa atrás, su ciudad, su pasado y su vida. El alba lo encontró en la cima de una montaña, al borde de un inmenso abismo. Estuvo allí parado durante mucho tiempo. Miraba fijamente ese espacio vacío que se abría a sus pies. Su mente trataba de encontrar desesperadamente una sola razón para existir. No encontró nada.