miércoles, 4 de agosto de 2010

Y eres

Esta mañana pienso en ti, y siento que eres un gran jardín contradictorio, un viaje entre las nubes, una esfera de luz, un signo, una llamada. El misterio final que se esconde detrás de cada creación, el calor de un deseo, un aroma, un espejo, una luz, un asombro, un espacio, un lugar, y eres también esa sonrisa azul que al final de la tarde anuncia una tormenta de verano… Y siento que eres tú tantas cosas entre todo lo triste de este mundo, que ya no sé qué palabras usar para encontrarte, pero sé que te quiero, lo sé, porque eres, de entre todas las cosas conocidas, lo mejor de esos mundos que nunca he vivido, un viaje al origen de todo, y eres hambre, eres sed, y eres risas… Y palabras, y frío y heridas, y eres viento, y tormento, y azúcar, y sal, y también, en algunos momentos, un desierto de escarcha en el mar.
Pero todo da igual, son palabras, son sólo palabras. Resumiendo: lo que quiero decirte es que esta mañana no ha amanecido aún y estoy pensando en ti.

martes, 3 de agosto de 2010

Mi vida, nuestras vidas

Aquel verano comprendí que no existen los límites, que no hay una sola razón para dudar, que no hay un sólo espacio en todo el universo que sea inalcanzable. Cuando supe todo esto con certeza, retrocedí en mi mente y revisé todos y cada uno de los anhelos, temores, y luchas de mi vida. Regresé a los rincones más recónditos de mi pasado, me sumergí en ellos, y en el proceso, me sentí como una serpiente que se entierra para mudar de piel en la arena caliente del desierto. Aquel verano, despacio, muy despacio, dudé, repasé y puse en orden, uno a uno, el resto de mis conocimientos.
Mientras hacía esto, la vida me llamaba a cada paso. Aquel verano hacía un calor insoportable en esa casa. No se podía dormir. Yo pasaba las noches en blanco, con los ojos abiertos, mirando al techo, pensando en ella. Trataba de imaginar como sería el futuro, los días que vendrían, las noches, los amaneceres y las puestas de sol. Esos cientos, miles, de amaneceres y de puestas de sol que verían nuestros ojos en cientos, miles de sitios diferentes… No tenía proyectos, ni tenía un futuro hacia el que dirigirme. Mi mente se desplegaba en blanco hacia la nada, y sin embargo, intuía que esa nada era una especie de recipiente capaz de contenerlo todo. La vida era un salto al vacío. La gran incertidumbre del vivir me fascinaba. Sentía todo esto y se me aceleraba, de pronto, el corazón.
Aquel verano comprendí lo que era amar a alguien de verdad y también comprendí, con una claridad inesperada,, que la felicidad no es más que otra aventura, un salto decidido hacia el futuro, o dicho de otra forma: un viaje formidable hacia ese territorio inexplorado de la nada. Esa nada infinita que todo lo puede contener. Cuando lo comprendí sentí que debía darme prisa, que no podía esperar ni un minuto más.
Mientras ella dormía, sin que ella lo supiera, guardé para siempre en mi corazón como equipaje, cada caricia de sus manos, cada gesto, cada mirada, y en mi imaginación caminé junto a ella hacia una nueva encrucijada de mi vida.
Mi vida, nuestras vidas… Este inmenso camino de la vida. La verdadera vida. La vida vivida de verdad. La única forma de vida que uno debe vivir. Esa vida que da sentido y justifica todo lo que supone el existir en este mundo increíble en que vivimos.
Aquel verano comprendí lo que era amar a alguien de verdad, y decidí seguir, seguir en el camino siempre, hasta que el camino llegara a alguna parte.

lunes, 2 de agosto de 2010

Otro día

Otro día para el amor y la esperanza. Amanece, es lunes. Estamos en el mes de agosto y es verano. Tú duermes todavía y en tus sueños, todo el brillo de esta primera luz se acerca a contemplarte. Cada cosa que tocas se transforma y hay un viento de nieve en medio del verano. Se elevan en el aire los deseos, una brisa atraviesa el prado de montaña y revive de repente un corazón.
Hay un ángel sentado en una piedra. Bajo este mundo azul te sonríen los peces. En tu rostro dormido existe un universo que vibra, y vive, y crece, y da vida a todo lo que existe alrededor, y puedo percibirlo claramente con toda la perfecta intensidad de mis sentidos.
Amanece de pronto esta mañana, el mundo está en silencio y el cielo despliega sus colores. Hay violetas, azules, grises, malvas… Rojos, anaranjados, blancos, grises… Toda está música se esparce en el ambiente como un aroma suave y amarillo. Respiro y reconozco que estoy vivo, Intensa y rematadamente vivo. Respiro y siento que te quiero sin remedio, por encima de cualquier otra cosa. Te quiero como quieren las estrellas, los peces de colores, las tortugas… Los árboles del bosque, los mejores versos de amor de los poetas… Es lunes, amanece. Suena el despertador y es duro levantarse de la cama, dejar la vida atrás, dejar el mundo, perder la perfección total de tu mirada.

lunes, 26 de julio de 2010

Una vez

Una vez conocí a un hombre que no llegué a ver nunca. No sabía si era real o era tan sólo un personaje que nació en algún lugar desconocido de mi imaginación. A veces me escribía cosas, me dejaba mensajes, que venían de lejos. Eran pequeñas notas cargadas de destino, de vida arrancada a la vida, de experiencias maduradas paso a paso, bajo un sol de justicia o un frío aterrador. Pequeños destellos de dolor, cansancio existencial, sabiduría…
Yo le leía en silencio cada noche. Trataba de entender su voz, el tiempo de su narración, el peso de sus palabras, la forma que adoptaban sus cielos; la mirada cargada de dolor de sus demonios, el tono de su voz... Detrás de todo aquello había un pasado extenso, cargado de experiencias, de mundos, de caminos. De preguntas que aún, después de tanto tiempo, esperaban respuestas.
Una vez conocí a un hombre que no llegué a ver nunca. No sé muy bien porqué, pero en lo más profundo de mi mente yo me lo imaginaba en una carretera solitaria, rodeado de montañas, avanzando bajo la nieve, sobre una bicicleta. Tras él arrastraba un pequeño remolque cargado de pasado. En él llevaba todo lo que un día vivió. No sé muy bien porqué, pero yo me lo imaginaba así –es curioso la forma que adoptan a veces nuestros sueños-.
Una vez conocí a un hombre que nunca llegué a ver. Algunos días se cruzaban de un modo misterioso nuestras palabras, de modo que a veces apenas podía distinguir que parte de sus notas eran de él, y qué parte eran mías.

jueves, 22 de julio de 2010

De noche, a la espera

Se ha apagado la luz de la calle, y en mitad del silencio, regresa muy despacio hasta su casa el último hombre de la tierra. Tú duermes arropada en tu colcha de estrellas y en tus manos aún guardas espíritus y lágrimas. Yo te observo en silencio y en tu cuerpo oigo como respira el universo. Es un sonido profundo, ancestral, que me lleva muy lejos. Siento que en ese respirar te alejas de un modo irremediable hacia ese gran misterio de lo eterno, y un repentino escalofrío me recorre la espalda. Mi corazón se pierde para siempre en tus esquinas. No quiero que te marches nunca de este mundo.
Es una noche de verano, silenciosa y profunda. El tiempo parece haberse detenido en el rayo de luna que ilumina el espejo. Tú duermes por encima de todo lo que existe. Duermes en el río de luz que le da intensidad a nuestra Vía Láctea, duermes en el sonido del pájaro nocturno, en el cuerpo del gato que persigue fantasmas, en el canto del grillo que llega hasta mi oído desde el fondo del mar o del estanque.
Todos estos sonidos me recuerdan a ti, pero ahora, se ha apagado la luz de la calle, y, de pronto, en mitad de la noche, me despierto y mi alma, permanece a la espera y te observa. Todo es cambio, todo es transformación; nos marchamos a cada momento. Nos marchamos sin ninguna esperanza, nos marchamos despacio, de un modo irremediable hacia lo eterno. Te contemplo dormir y pienso que no debo olvidar este momento. Ahora abres los ojos, sonríes, y al instante, regresas de nuevo al océano profundo de tus sueños. La vida es un viaje y nosotros estamos en camino desde siempre.

martes, 20 de julio de 2010

Ella viene

Cae la tarde en el patio de luces de mi casa. Cantan los pájaros. Es la hora, me marcho. Ella ha llamado. Ha llamado de lejos, dice que está en camino, y al oír su voz yo he sentido de nuevo renacer esa agradable sensación de que todo en esa mujer es camino y destino, lugar de regreso y punto de partida. Morir y renacer de nuevo en un lugar desconocido.
Algunas tardes, en la hora en que el cálido viento del sur dobla la esquina, ella llega al desierto reseco de mi vida y siento que me crece dentro una especie de árbol de amor y de infinito. Cuando sucede esto, intento pensar con claridad, pero todo se me transforma en bruma, en niebla y en silencio, y me escuecen los ojos, y en el fondo de mi alma, se me encarama un animal extraño con rostro de dragón y ojos de fuego.
Pero dejemos eso: ella viene esta tarde, regresa de muy lejos. Viene con el sonido de una campana azul fundida en su pequeño corazón, viene con un olor inconfundible a prado empapado de rocío y a hierbabuena verde. Trae la orilla del río en sus manos, la arena del lago, el destello de luz de un gran amanecer en calma.
Ella viene. Regresa cargada de sueños. Ahora ya es de noche, apenas queda espacio ya en el cielo. Yo la espero en silencio, estoy en el vestíbulo de la estación, observando pasar a la gente, pensando, intentando no echar a volar hacia su tren antes de tiempo.

jueves, 15 de julio de 2010

Pero al salir la luna

Aquella noche fui poco más que un triste deseo perdido en medio de las olas del olvido, pero al salir la luna volvieron a llover estrellas y me sentí mejor. Habíamos viajado más al norte de lo que cualquier ser humano hubiera viajado nunca, y hacía frío, y al rato también hacía calor, y el mundo era un lugar húmedo y tenebroso, cargado de humedad y de tinieblas. El aire bramaba al doblar cada esquina de nuestros corazones, y mientras avanzábamos, el porche de una casa amenazaba con acogernos de un modo permanente. Sentí un escalofrío: nunca llegaría a ser como esos humanos sedentarios que se sientan en uno de esos porches a pensar. Pasamos de largo entre setos de tejos y campos de margaritas. Teníamos hambre; tú llevabas la luz de un pensamiento azul prendida en el fondo de tus ojos, y era una luz intensa. Tal vez, por eso, yo no podía evitar mirarte todo el tiempo. No habíamos vuelto a hablar desde que el desconsuelo nos hizo abandonar la carretera que bordeaba el círculo del mar y ahora llevábamos cien horas sin parar, empujando las viejas bicicletas, contra el viento. Tu pelo ondulaba en el aire y era como un presagio. Tu pelo, largo y fino como un cristal tallado por cuatro duendes locos. Se oía llegar hasta nosotros el ruido de nuestros propios pasos. Llegaba a través de los troncos de los árboles del bosque, a través de la oscuridad, a través de la sangre y el tiempo. Los oíamos llegar con la misma cadencia con que late cualquier corazón. La danza de las horas sonreía. Recuerdo que pensé: demasiadas palabras en el agua del río. ¡Para!,-dije-, quiero beber -pero tú dormías mientras caminabas. “Para” -repetí-, y tú te detuviste de repente y sacudías un poco la cabeza, como diciendo: no.
“¿Donde estamos?” -dijiste-“No sé, probablemente muy arriba” -contesté-, y vi que el cielo estaba por debajo de nosotros. Entonces un pájaro nocturno se posó en una rama y tú te quedaste mucho tiempo contemplándolo. En ese instante supe que tú ya no eras tú, que el viaje nos había cambiado de algún modo. No sentí angustia, tampoco sentí miedo. Lo único que podíamos hacer era continuar. No me pertenecías; nadie es dueño de nadie. ¿Cuánto tiempo habíamos necesitado para regresar? Volver a comenzar no era sencillo. Recordé que ya no era capaz de recordar y me sentí muy triste. El viaje se estaba prolongando demasiado, sentí que no era más que un pequeño deseo perdido entre las olas del olvido, un hombre entre los hombres, nadie especial que mereciera nada, como uno de esos seres sedentarios que mueren lentamente mientras pasan el tiempo pensando en uno de esos porches junto a la carretera. Aquella noche fui poco más que un triste deseo en medio de las olas, pero al salir la luna volvieron a llover estrellas y me sentí mejor. Habíamos viajado más al norte de lo que cualquier ser humano hubiera viajado nunca, y hacía frío…