Esta tarde el tiempo de mi vida se ha detenido ante los viejos edificios del Madrid más antiguo. He recorrido sus calles, ateridas de frío y de granito, calzadas de herraduras de agua de niebla y de lentos silencios. He pasado por viejos soportales, callejones oscuros, plazas desiertas, cafés recogidos al calor de una vela sobre la mesa, donde parejas de jóvenes se miraban largo tiempo a los ojos, ella con un pañuelo de color violeta, él con una bufanda gris y un abrigo de invierno y de futuro. Me he parado en escaparates de librerías, madera gris, puertas que chirrían y dentro, detrás del mostrador, el guardián del secreto, dormido, a la espera.
Bajo un cielo blanco de hielo, de escarcha y vacío, me he hundido en sus calles, sus plazas y sus monumentos, y sin apenas darme cuenta, he pasado revista a los sitios que fueron la esencia de mi vida. La lenta soledad de los suburbios en el centro mismo de la ciudad, donde todo llevaba al origen del mundo y de las cosas, a la Plaza del Dos de Mayo, a la Vía láctea de los sentidos, al camino que lleva al secreto de la Plaza Mayor. Pintores bajo un manto de desesperanza, viejos temas repetidos hasta la saciedad: el torero, el Quijote, la plaza...
Esta tarde he recorrido en silencio, despacio, cada piedra del centro, cada historia de ese mundo que nacía cada noche, y que un día, tal vez, fue mi mundo. El lugar donde todo empezó.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
lunes, 29 de diciembre de 2008
Luces de Navidad
Ricardo había pasado todo el día caminando. Había pedido en la puerta de centros comerciales, en grandes almacenes, en calles atestadas, en parques, en teatros, en plazas y en trenes de cercanías.
Esta noche, después de hacer eso durante cinco años, ha visto la ciudad, iluminada con las luces de Navidad, y ha sentido el peso inmenso de tanta soledad. Ricardo, esta noche, ha comprendido, que lleva cinco años luchando por su vida y su cordura, tratando de entender este extraño destino, este fracaso absurdo, éste estar en la vida sin estar. Ricardo esta noche, ha perdido el último gramo de esperanza y de ganas de existir que aún le mantenía, y debajo de un puente, rodeado de basura, se ha quitado la vida.
Esta noche, después de hacer eso durante cinco años, ha visto la ciudad, iluminada con las luces de Navidad, y ha sentido el peso inmenso de tanta soledad. Ricardo, esta noche, ha comprendido, que lleva cinco años luchando por su vida y su cordura, tratando de entender este extraño destino, este fracaso absurdo, éste estar en la vida sin estar. Ricardo esta noche, ha perdido el último gramo de esperanza y de ganas de existir que aún le mantenía, y debajo de un puente, rodeado de basura, se ha quitado la vida.
domingo, 28 de diciembre de 2008
El cambio
No había sido una buena idea bajar a la ciudad. Después de tantos meses aislado en esa cueva en la montaña, donde todo resultaba esencial, y las reglas del mundo y la existencia estaban claras, donde la intensidad del tiempo se percibía en cada copo de nieve que caía blandamente sobre las piedras, en el vuelo del pájaro, o en el ruido tranquilo del agua del arroyo, regresar a ese mundo pequeño y atestado de los hombres era como ver el destino final de alguna maldición. Así, aquella tarde me di perfecta cuenta, de que, mientras había estado fuera, llegó un momento en el que la mayoría de la gente perdió su identidad. No eran capaces de reconocer nada de lo que les rodeaba, ni siquiera de reconocerse a sí mismos. La vida, entonces, se convirtió en una jungla donde la convivencia adoptó todas las formas de la mezquindad. La esencia de la vida se marchó a vivir a otro lugar y allí sólo quedaron esos cuerpos, abriéndose paso a codazos, luchando unos con otros, atormentados e incapaces de ver su propia realidad. No quedó nada, excepto la desolación de ese existir sin forma ni lugar. Lo banal, lo impermanente se apoderó de todo y el suelo se secó, reseco de ignorancia, dejando la ciudad sin el menor rastro de un existir que pudiera llamarse verdadero. Así pasaban aquellos hombres y mujeres los días de su vida; una vida tullida y miserable de la que nunca serían capaces de escapar. Yo, aquella tarde, mientras caminaba entre ellos, sentía una mezcla de horror y de fascinación al contemplar aquello. ¿Cómo habían podido destruirse de ese modo?
Aún hoy la recuerdo
Ella pensaba que el mundo era muy grande, que al cielo le sobraban algunas estrellas. Que era muy triste no poder verlo todo, sentirlo todo, amarlo todo. En las noches de luna llena, salía a caminar y buscaba esa tranquilidad tan especial que siente una persona cuando camina sola a la orilla del mar. Luego, cuando regresaba tranquila hacia la casa, pensaba que algo de toda aquella intensidad del mundo se había perdido en el camino y sentía una gran melancolía. Así, ella hizo de su vida un continuo movimiento, como su caminar, y a cada instante, no podía evitar sentir que el mundo la esperaba, que una nueva experiencia estaba comenzando. Los viajes habían entrado a formar parte de ella. Era tan fácil sentir mientras viajaba. Llegó un momento en que se hizo adicta a aquella sensación de intensidad y todo en sus ojos reflejaba el cambio de ese mundo con el que había hecho un pacto de amistad. El mundo la había acogido y ella entendió que aquello sería para siempre y que nunca podría dejar de viajar porque ese mundo era su universo, el sitio donde ella era de verdad, donde existía, con su piel y su cuerpo, con su alma y su alegría. Ahora, después de tanto tiempo, algunas veces la recuerdo y en los pueblos pregunto por ella. Muchos me dicen que la han visto en lugares distintos, desiertos desolados, valles perdidos, remotas montañas a las que nunca ascendió nadie, ciudades que sólo existen en la imaginación de los viajeros.
viernes, 26 de diciembre de 2008
Un hombre sentado
Son las once de la noche del día veinticuatro de diciembre. La calle está desierta; sólo de tarde en tarde se ve pasar a alguien, encogido en su abrigo. La gente está reunida en sus casas alrededor de una mesa. Muchos ya habrán terminado de cenar y estarán brindando alegremente. La Navidad se ha instalado en todos los hogares. Hay un ambiente de esperanza, una pausa en la guerra de la vida, un momento de paz y de armonía.
Mientras sucede esto, hay un hombre sentado en la escalinata de piedra de la iglesia de San José. Está doblado sobre sí mismo, con la cabeza metida entre las piernas. Sus manos son un grito de espanto y de dolor -rígidas como garras, con los dedos crispados y las palmas mirando hacia arriba, parecen suplicar que acabe todo este sufrimiento cuanto antes-. Le observo mucho tiempo. No es un hombre joven, ni viejo. Levanta la cabeza y me contempla. Los dos nos miramos fijamente. Luego lanza un gemido y entierra su rostro, de nuevo, entre las piernas. Todo su cuerpo tiembla. Murmura sufrimientos. Me marcho y le dejo ahí, solo y deshecho en esa escalinata de la iglesia cerrada. Mientras camino calle abajo -también yo ahora estremecido por tanta soledad y tanto frío-, pienso que todos somos él. Esta noche de Navidad todos llevamos dentro la inmensa culpa del dolor que padece este hombre.
Mientras sucede esto, hay un hombre sentado en la escalinata de piedra de la iglesia de San José. Está doblado sobre sí mismo, con la cabeza metida entre las piernas. Sus manos son un grito de espanto y de dolor -rígidas como garras, con los dedos crispados y las palmas mirando hacia arriba, parecen suplicar que acabe todo este sufrimiento cuanto antes-. Le observo mucho tiempo. No es un hombre joven, ni viejo. Levanta la cabeza y me contempla. Los dos nos miramos fijamente. Luego lanza un gemido y entierra su rostro, de nuevo, entre las piernas. Todo su cuerpo tiembla. Murmura sufrimientos. Me marcho y le dejo ahí, solo y deshecho en esa escalinata de la iglesia cerrada. Mientras camino calle abajo -también yo ahora estremecido por tanta soledad y tanto frío-, pienso que todos somos él. Esta noche de Navidad todos llevamos dentro la inmensa culpa del dolor que padece este hombre.
jueves, 25 de diciembre de 2008
La ley
Todas las mañanas, mucho antes de que salga el sol, tan temprano que la autopista está completamente vacía, conduce camino del trabajo. Hoy, igual que cada día, ve por el espejo retrovisor como se aproxima a gran velocidad el coche negro. Es uno de esos coches oficiales, blindado, con cristales oscuros, que no dejan ver quién hay en su interior. Ese viene de fiesta, piensa el hombre. El coche pasa bajo el radar, e igual que cada día, ve el destello del flash por el retrovisor. Cada día una multa, piensa, pero el que viaja en ese coche está por encima de nuestras leyes.
El coche negro, enorme, llega a su altura y pasa a su lado, provocando una turbulencia que hace que su pequeño coche se tambaleé un momento. Debe ir a más de doscientos, murmura el hombre. El coche se aleja a gran velocidad, igual que cada día. Corona la cuesta de la autopista, pero hoy, a diferencia de ayer y antes de ayer, y de todos los días, patina en el asfalto, da un brusco giro y se estrella contra el muro de hormigón del puente. Rebota un par de veces contra los quitamiedos, salta la mediana y acaba boca abajo, en el carril contrario. Luego surge una llama y todo queda en silencio.
El hombre llega a su altura y baja del coche. Se acerca. No puede ver si hay alguien vivo dentro. Las puertas no se abren. Da una patada a un cristal, es un cristal blindado. El coche ahora está envuelto en llamas. Se aleja, saca su móvil y llama a emergencias. Mira a su alrededor, no se ve un alma, aún no ha amanecido.
Al cabo de unas horas aparece la noticia en todos los periódicos: “un ministro ha muerto en un accidente de coche esta mañana”. Un testigo que ha visto el accidente dice en el telediario de la noche: “hay una ley que nos iguala a todos”.
El coche negro, enorme, llega a su altura y pasa a su lado, provocando una turbulencia que hace que su pequeño coche se tambaleé un momento. Debe ir a más de doscientos, murmura el hombre. El coche se aleja a gran velocidad, igual que cada día. Corona la cuesta de la autopista, pero hoy, a diferencia de ayer y antes de ayer, y de todos los días, patina en el asfalto, da un brusco giro y se estrella contra el muro de hormigón del puente. Rebota un par de veces contra los quitamiedos, salta la mediana y acaba boca abajo, en el carril contrario. Luego surge una llama y todo queda en silencio.
El hombre llega a su altura y baja del coche. Se acerca. No puede ver si hay alguien vivo dentro. Las puertas no se abren. Da una patada a un cristal, es un cristal blindado. El coche ahora está envuelto en llamas. Se aleja, saca su móvil y llama a emergencias. Mira a su alrededor, no se ve un alma, aún no ha amanecido.
Al cabo de unas horas aparece la noticia en todos los periódicos: “un ministro ha muerto en un accidente de coche esta mañana”. Un testigo que ha visto el accidente dice en el telediario de la noche: “hay una ley que nos iguala a todos”.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Bassenev y los barcos
Es corriente que aquel que ha sufrido un desengaño profundo llene su alma de odio. Bassenev llegó a París una mañana de octubre. No llevaba maletas; sólo un abrigo gris que sujetaba, doblado, en su brazo. Salió de la estación y caminó despacio hasta llegar al Sena. Una vez allí continuó a lo largo del río. El tiempo era agradable; lucía el sol y a pesar de la época del año, parecía un día de primavera. Bassenev contempló a unos niños que jugaban frente a la isla de Saint Louis. Estuvo observándolos durante mucho tiempo, mientras su mente daba vueltas a una idea. Se le aceleraba el corazón cuando pensaba en ello. Notaba el peso de la pistola en el bolsillo del abrigo. Cruzó el puente de la Tournelle y cuando llegó a la mitad se detuvo y se asomó sobre el muro de piedra. Sabía que aquel día ella pasaría por allí. Algunas embarcaciones navegaban despacio, río abajo. Respiró hondo y miró hacia el cielo. La vida es injusta -pensó-, y notó cómo se le humedecían ligeramente los ojos. ¿Porqué tuvo que suceder? En ese momento apareció. Iba del brazo de un hombre corpulento, bastante más joven que ella. Notó que le temblaban las piernas. Se apoyó en el muro de piedra que le separaba del vacío y miró hacia el río intentando disimular. Ella le vio cuando pasaban a su lado. ¡Bassenev! -dijo-, ¿qué haces aquí? El hombre que iba con ella miró a los dos sin comprender. ¡Bassenev! -repitió la mujer-.
Bassenev se volvió y se quedó mirándola sin decir nada. Su mano, metida en el bolsillo del abrigo, apretaba con fuerza la pistola, mientras intentaba dominar el temblor que sacudía todo su cuerpo. ¿Quién es este tipo? -dijo el grandullón-. Sólo un viejo conocido -respondió ella, mientras le miraba a los ojos-. Déjalo -la mujer continuó caminando. Arrastraba a su hombre del brazo-. Es un chiflado. ¿No ves cómo me mira? No merece la pena detenerse.
La mujer y el hombre continuaron su camino. Los oyó reír mientras se alejaban. Acabaron de cruzar el puente y se perdieron entre los edificios. Bassenev permaneció de pie, mirando el puente, durante mucho rato. Todo su cuerpo temblaba. Luego, muy lentamente, como si regresara de un sueño, poco a poco comenzó a notar el calor del sol en su rostro. Entonces se volvió. Un sollozo le subió hasta la garganta. Lo sofocó como pudo, miró al cielo, sacó la pistola del bolsillo y la lanzó al agua. Los niños jugaban frente a la isla. Bassenev lloró, apoyado en el muro del puente, hasta que el sol se puso, y luego regresó a la estación. Tras él, unas embarcaciones se perdían en la corriente, río abajo, camino de un lugar desconocido, como si no fueran a regresar jamás a esa ciudad.
Bassenev se volvió y se quedó mirándola sin decir nada. Su mano, metida en el bolsillo del abrigo, apretaba con fuerza la pistola, mientras intentaba dominar el temblor que sacudía todo su cuerpo. ¿Quién es este tipo? -dijo el grandullón-. Sólo un viejo conocido -respondió ella, mientras le miraba a los ojos-. Déjalo -la mujer continuó caminando. Arrastraba a su hombre del brazo-. Es un chiflado. ¿No ves cómo me mira? No merece la pena detenerse.
La mujer y el hombre continuaron su camino. Los oyó reír mientras se alejaban. Acabaron de cruzar el puente y se perdieron entre los edificios. Bassenev permaneció de pie, mirando el puente, durante mucho rato. Todo su cuerpo temblaba. Luego, muy lentamente, como si regresara de un sueño, poco a poco comenzó a notar el calor del sol en su rostro. Entonces se volvió. Un sollozo le subió hasta la garganta. Lo sofocó como pudo, miró al cielo, sacó la pistola del bolsillo y la lanzó al agua. Los niños jugaban frente a la isla. Bassenev lloró, apoyado en el muro del puente, hasta que el sol se puso, y luego regresó a la estación. Tras él, unas embarcaciones se perdían en la corriente, río abajo, camino de un lugar desconocido, como si no fueran a regresar jamás a esa ciudad.
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