jueves, 29 de enero de 2009

La señora Matilde ha salido a cenar

La casa está vacía, no queda nadie. Un chasquido metálico cruza el cuarto de estar donde un pequeño radiador eléctrico se enfría. Es de noche: la casa está a oscuras. En la mesa camilla sólo hay una revista antigua. En la portada sonríe una princesa el día de su boda. Destacan en la oscuridad sus dientes blancos.
El silencio parece total pero si uno se para en el pasillo, contiene la respiración y escucha atentamente, oye como de la cocina llega el clic, clac, del gotear de un grifo. Gota a gota, se llena la taza que hay dentro de la pila. Al otro lado del tabique, a ratos, suena la maquinaria del ascensor antiguo que aún conserva un asiento de madera con restos de su tapizado original de terciopelo rojo. Al otro lado de la pared que da a un patio interior, por una cañería, se oye caer el agua cuando alguien tira de la cisterna en los pisos de arriba.
Pasa el tiempo: de alguna parte llega un olor pesado que inunda las habitaciones poco a poco. Es un olor mezcla de soledad y verduras cocidas, de misa de la tarde, de orines y rezo del rosario. Es un olor a muerte agazapada, a muerte oscura, que espera su momento.
Es de noche, la casa está vacía. La señora Matilde ha salido a cenar al bar de enfrente. Por el ventanuco entreabierto del baño entra un frío mortal. Si uno se fija bien puede ver en el cielo brillar alguna estrella.

miércoles, 28 de enero de 2009

Finales

Llegó hasta mi lado, se paró un instante, y me miró sin verme. Esperó el momento propicio y cruzó la calle caminando deprisa. Como una exhalación sorteó los coches y se hundió en la corriente de paraguas y abrigos que anegaba la acera de enfrente.
Era ella, ya ves, después de tanto tiempo. Me quedé pensativo: no había cambiado nada. Seguía teniendo la misma figura esbelta: alta, delgada, con sus inmensas, perfectas, interminables piernas, enfundadas en unas medias negras.
No parecía haberle ido mal. Iba muy bien peinada, llevaba unos zapatos caros, un abrigo de marca, un maletín de piel y un bolso de diseño. Quizás había perdido un poco el brillo de sus ojos y su sonrisa; parecía la misma, pero también no parecía ella.
Volví a colocar junto a mi cuerpo el pequeño cartel que ella había tirado con su pie sin darse cuenta, y de nuevo extendí la mano. Suspendido en el aire permanecía su olor. Ya no recuerdo su marca de colonia. Hace ya tanto tiempo de eso, o tal vez no, quizás no hace tanto tiempo. No sé. Lo he olvidado. Una anciana se agachó un poco y me dio una moneda. Gracias -le dije. Una niña iba cogida de su mano. La niña preguntó: ¿abuela, por qué le das dinero a ese señor?
Está malito y no tiene trabajo -respondió la anciana-. Y las dos se fueron calle abajo.

martes, 27 de enero de 2009

Hastío

Era una noche del mes de enero. Iban en un autobús. Debían tener más de setenta años y no había que ser un gran observador para entender que llevaban mucho tiempo casados. Tras de mi, un joven se levantó de un asiento y la mujer empujó a su marido, bruscamente, apartándole a un lado, para ocupar el sitio libre. El hombre, que iba sumido en sus pensamientos, no se dio cuenta y dio un traspiés. Su esposa le agarró de un brazo. Mientras tanto otra persona había ocupado el asiento.
-¿Qué haces? –dijo el hombre-, casi me tiras.
-¿Qué, qué hago?, –respondió la mujer, poniendo un gesto hosco y girando la cara hacia la ventanilla-, iba a sentarme.
-Perdona, no me había dado cuenta –repuso el hombre.
La mujer, sin mirarlo, con un gesto de asco en los labios murmuró:
-Tú nunca te das cuenta de nada.
El hombre regresó a sus pensamientos.

lunes, 26 de enero de 2009

Ayer te volví a ver

Era a primera hora de la tarde. Tú mirabas distraída hacia ninguna parte. Parecías un poco triste sentada allí, sola entre aquellos libros.
Yo pasé junto a ti y me quedé observando. Te escribí cuatro líneas en mi cuaderno. Me acerqué y te dije: ¿sabes? Te he escrito una poesía.
Léemela –respondiste. Y yo leí:
.
Esta tarde he pasado a tu lado
y me he llevado
tu sonrisa conmigo
para siempre.
.
¡Qué bonita! –dijiste-. ¡Muchas gracias!
Y volví a contemplar tu sonrisa.
Ayer te volví a ver y recordé ese día. Ya ves, aunque has cumplido ya ochenta y dos años sigues siendo aún la más bonita.

domingo, 25 de enero de 2009

Un mundo

Puede que un día, después de muchos años, cuando mires atrás ya no recuerdes. Y la vida de pronto, haya perdido aquel color de trigo, tierra y sol, que tenía cuando las cosas existían de un modo exacto para ti.
Puede que un día, después de muchos años, cuando mires atrás ya no recuerdes, que tú también tuviste tu momento, en el que fuiste el dios pequeño de tu propia creación, que amaste cada cosa, desde el amanecer hasta la noche, y aunque ya no recuerdes que ella tuvo unos ojos, un rostro, un nombre, y unas manos que iban cogidas de tus manos, no te preocupes, piensa que todo tiene un tiempo, que el ciclo de la vida no acaba con la muerte, que el paso por la tierra no es más que un pequeño viaje camino de la eternidad.
Y aún suponiendo que ni la eternidad fuera real, que no fueras ni siquiera ese grano de polvo y de energía, también dará lo mismo. Hiciste tu camino y todos aprendemos sobre la marcha. La vida es un misterio, la muerte aún más.

No te dejes llevar

No te dejes llevar por el viento de la desesperanza, porque en todo momento hay un cielo escondido, a la espera. No te dejes llevar por la melancolía, por los viejos recuerdos, por el miedo a perder o por esa derrota. Sé fuerte y espera. Resiste al dolor de vivir porque todo ha de regresar a su momento. Aquel en que la perfección llenó el paisaje y tú eras el centro y el color de cada cosa.
Recuerda sólo esto: donde todo parece terminar empieza la esperanza de lo desconocido. El lugar donde cada sueño se cruza en un punto misterioso y perfecto con la realidad.

jueves, 22 de enero de 2009

Todo regresa

Todo regresa si eres capaz de esperar lo suficiente, pensaba en lo más profundo de su corazón el profesor Lassere. Y mientras lo pensaba dedicó su vida a aprender a pensar, a sentir y a vivir con toda el alma.
Pasaron los años y nada especial pareció suceder en su vida, pero, sin que él se diera cuenta, de un modo abrumador, el tiempo iba cambiando las cosas a su alrededor, y ella no regresaba.
¿Que deseaba? Nunca lo supo. ¿Que esperó de la vida, que buscó, que quería en el fondo de su alma? ¿Qué anhelaba con todo su corazón? Nunca llegó a saberlo. Ella fue lo único real. Después de aquello, indagó en todas partes, adoró a falsos ídolos, buscó la verdad en los profetas y en muchas religiones diferentes, leyó miles de libros, estudió las verdades profundas que forjaron el pensamiento de los pueblos. En su camino conoció infinidad de maestros, pero siempre, al cabo de un tiempo, se decía a sí mismo: “esto no es lo que busco”, y se iba a otro lugar cargado con el peso de su nostalgia. Se sentía incapaz de encontrar una mínima paz para su espíritu y la angustia por el paso del tiempo hacía mella en él.
Así fue su vida y así transcurrió. Lo más que llegó a entender es lo que nunca quiso ser, pero eso tampoco era un remedio para esa gran tristeza que había anidado en su corazón. No llegó más allá. En su camino hizo mucho bien. Todos pensaban de él que era un sabio, pero él sabía que había fracasado en su búsqueda de la última verdad que diera una razón a su existencia.
Un día comprendió que ella nunca regresaría, que no era cierto aquello de que todo regresa si eres capaz de esperar lo suficiente. Un día comprendió que no siempre se cumplen los deseos, que existe un destino inexorable del que uno no puede escapar.
Hoy me ha llegado una carta. Ella me dice que un día regresó, pero el viejo profesor ya había muerto.