El viento, enredado en las copas de los árboles, cantaba una canción. Él se paró a escuchar. La conocía. Hablaba de cosas antiguas, de otoños perdidos en el tiempo, que volvían ahora, de pronto, cargados de recuerdos. Eran las diez de la mañana, el sol brillaba y el mundo parecía un lugar deshabitado. Caminó hasta la fuente y se lavó la cara. Sentía una sensación de libertad extraña y mientras respiraba el aire limpio y fresco, notaba como, poco a poco, le invadía una especie de plenitud que no sabía definir. Tenía hambre. Pensó cuándo fue la última vez que había comido, pero no conseguía recordar. Recogió algunas moras de las zarzas que había a un lado del camino y las comió. Al instante el sabor inundó su cerebro y entonces recordó una tarde lejana, tan lejana en el tiempo que ahora ya no parecía real. Los dos volvían de vuelta hacia su casa, atravesando los campos en silencio. El sol se ponía en el horizonte. Caminaban muy juntos, pero sin tocarse, cada uno sumido en sus pensamientos. Él la miró un instante y entonces comprendió que la quería. Quería a esa mujer como nunca había querido a nadie antes de ella. No sabía porqué: tal vez ella daba respuesta a todas las preguntas de su vida; tal vez ella misma era la única respuesta. Esa mujer guardaba en su interior el misterio final que le daba un sentido a todo lo bello y permanente de este mundo, a todo lo que para él era importante y existía. No lo sabía bien. Tal vez, sencillamente, ella era la vida, y fuera de ella ya no existía nada.
jueves, 29 de octubre de 2009
miércoles, 28 de octubre de 2009
Una mujer
La primera vez que hablé con ella recuerdo que me llamó la atención ese punto, allá en el centro exacto de su corazón, donde brillaba con toda claridad una luz de esperanza. Era fuerte y generosa, y sobre todo -y esto era lo mejor-, tenía unas ganas locas de ser inteligente. Luchó con todos sus demonios y algunos de los míos. Luchó como una gran mujer desesperada, y un día, por fin, se decidió, salió a la calle y comenzó a correr, y construyó puentes, murallas, carreteras de luz, saltos de agua. Se hizo valiente a fuerza de superar obstáculos, de dormir entre lobos, de quemarse en el fuego de las tristes hogueras del tiempo. Derrotó a cien dragones y al final, con los años, comprendió lo que era, y creció desde cero mil veces, y se hizo mujer a cada día hasta que se multiplicó la fuerza de su corazón y llenó con su luz todo el cielo.
Ahora que ha pasado tanto tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella, recuerdo con nostalgia que hablaba como nadie de cuestiones profundas de filosofía, que entendía a la perfección todo ese loco mundo del vacío, que era capaz de devorar a un hombre en un instante, y que estar junto a ella era como permanecer de espaldas al borde de un abismo, saltar desde un avión a la cima de una montaña, amar, ahogarse y naufragar, todo en un mismo instante… Os lo aseguro; aunque era una tortura esa mujer, nunca he vuelto a sentir con otra lo que sentí con ella.
Ahora que ha pasado tanto tiempo y no he vuelto a tener noticias de ella, recuerdo con nostalgia que hablaba como nadie de cuestiones profundas de filosofía, que entendía a la perfección todo ese loco mundo del vacío, que era capaz de devorar a un hombre en un instante, y que estar junto a ella era como permanecer de espaldas al borde de un abismo, saltar desde un avión a la cima de una montaña, amar, ahogarse y naufragar, todo en un mismo instante… Os lo aseguro; aunque era una tortura esa mujer, nunca he vuelto a sentir con otra lo que sentí con ella.
lunes, 26 de octubre de 2009
Siempre la noche
Siempre la noche, envuelta en su mundo de oscuridad, y ese dolor de todo, que no termina. El frío va ganando terreno a la cordura mientras el resto de la humanidad se refugia en sus casas. La soledad reina en la calle y el frío retoma su forma original, y es un cuchillo que despedaza el alma de los que lo han perdido todo en el pozo sin fondo de sus vidas. Vidas que se prolongan sin esperanza alguna. Deseos de extinción que acaban con cada amanecer, y un vaho que sale de lo más hondo de los buenos recuerdos y que es calor que se marchita y se pierde en el aire. Olor a vino y sangre y mugre de trescientos sesenta y cinco días. Todos tuvimos un momento en el que fuimos algo antes de no ser nada. Y alguna chimenea arde en un acogedor salón, en este mismo instante, y todos lo sabemos y ella también lo sabe, y en su locura, mira con rabia y le grita al policía. Se la llevan de nuevo, la loca, la histérica, la demente, la agresiva. Las cosas pasan, los hombres, las mujeres... Ella hace tiempo fue una mujer hermosa, pero ahora todos miran con repugnancia, pasan, y nadie se detiene, sólo el dolor que precede a la muerte, pero esta noche la muerte no alcanza a la comunidad de los que han sido derrotados por la vida. La muerte llega lenta, se toma sus tragos muy despacio, sabe que tiene todo el tiempo, que ya no va a existir un renacer, ni la aurora del mundo brillará nunca en la esquina, por eso la muerte esta noche no tiene prisa. Y me miro a mi mismo y pienso en cuantas veces, envuelto en este frío, perdido para siempre en mis recuerdos, he regresado a ti; tú, la perfecta, la gran desconocida, rostro con rostro, labios con labios, palabra con palabra, pupila con pupila, y todo este dolor del mundo se me mete esta noche en el cuerpo, junto con la terrible soledad que trae este frío, pero la noche es noche, siempre la misma noche, que no termina.
domingo, 25 de octubre de 2009
Un deseo, un temor
Miré el reloj: eran las tres de la madrugada. Una hora extraña en la que puede suceder cualquier cosa. Sobre el suelo mojado se desplazaba, despacio, un gusano de color blanco. En este rincón en medio de la nada, me había construido mi propia sucursal de un infierno que había ido creando con el tiempo, yo mismo, a mi medida. Un infierno donde tenían cabida todas las formas del desconocimiento y del dolor humano. Allí vivía yo y allí pasaba la mayor parte del tiempo. Eran las tres de la madrugada, llovía, hacía frío y no quedaba ya ni un resquicio para la desesperación. A pesar de que no podía verlas, las estrellas seguían atravesando cada noche el cielo. Un cielo perdido entre andamios, escombros y montones de basura. Fuera de mi rincón, casi todas las almas dormían sus sueños. Eran las tres de la mañana y recuerdo que pensé que la vida, igual que sucede con los sueños, no es más que un deseo o un temor.
jueves, 22 de octubre de 2009
Ser
Quisiera algunas veces ser, en medio de la noche, hombre para lo eterno que hay en el hombre y heredar de los dioses esa forma suya de estar en la serenidad. Habitar en lo profundo de una maravillosa percepción, perfecta en su vacío, y así reconocer el renacer del alma en el principio de ese sentir profundo de las cosas inmateriales. Escuchar de tus labios la verdad como escuchan los sabios las plegarias sagradas del mundo y sentir esa felicidad que abrasa el alma y llena los ojos de esperanza. Trascender toda forma y convertirme en principio y final. Conseguir atrapar la unidad. Ser al fin, sólo ser, con todo el infinito potencial del alma humana. Pero ahora, esta noche, solitario en el mundo, pequeño, perdido, tan infinitamente humano, le pregunto a mi alma: ¿quién eres?, ¿qué buscas?, ¿dónde habitan tus dioses y se mueren de espanto tus demonios? En mitad de la noche comprendo que hay que caminar mucho para llegar a uno mismo.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Una historia de amor
Aquella noche pensó en la soledad, el dinero, la muerte, el poder que machaca a los seres humanos, pensó en el destino, el azar, en el éxito y el fracaso. Pensó en el valor y en la cobardía; en la fuerza de los desesperados, pensó en la derrota, en la grandeza del hombre y en la búsqueda de la libertad. Pensó en el amor y sin pensar ya en nada más decidió saltar la tapia del jardín botánico de la ciudad. A las dos horas se presentó en su casa. Era temprano. Ella le abrió en pijama. Él llevaba en sus brazos dos ramos de flores variadas de plantas difíciles de encontrar, un ramo con treinta y cuatro tulipanes, catorce orquídeas exóticas, seis docenas de rosas rojas, y una carta de amor dulce como nadie había escrito nunca antes… Por la tarde se lo llevaron preso. Ahora es de noche; ella le espera, como casi todas las noches, en la puerta de la comisaría de la calle de Huertas en Madrid.
martes, 20 de octubre de 2009
Niño soldado
Una nada caliente se extendía por los campos hasta acabar en el muro de la desolación. Bajo él, expuestos al sol del mediodía, esperaban los niños. Tenían un aspecto grotesco, así, cubiertos de polvo, descalzos y vestidos de guerrilleros. Llegaron los hombres y apuntaron cada uno al suyo con sus rifles americanos, rusos, ingleses, franceses, alemanes, búlgaros, canadienses… Todos los hombres dispararon a la vez y los cuerpos de los niños se desplomaron. Recuerdo que pensé que en alguna otra parte del mundo, en ese mismo instante, un padre y una madre se sentarían a comer con sus hijos un plato de estofado. La operación se repitió una y otra vez. Los mismos hombres que disparaban arrastraban los cuerpos de los niños y los dejaban a un lado, apilándolos, hasta que se formó una montaña informe de brazos, de piernas, de cabezas… Luego me tocó el turno a mí. Hacía un calor terrible. Mientras miraba a los que me apuntaban comprendí que hacía mucho tiempo que todos habíamos olvidado cualquier resto de humanidad que hubiéramos podido tener en el pasado. Hacía un calor terrible. El aire olía a sangre. En la montaña de cuerpos uno de ellos gemía aún. Miré a aquellos hombres cuando me dispararon y, junto con mi sangre, un odio atroz quedó sembrado para siempre en el paisaje.
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