martes, 31 de agosto de 2010

Es difícil la noche

Es difícil la noche cuando el frío se instala en el alma y alcanza a apagar tu estrella preferida. Tal vez, en ese instante, cada rostro se envuelve en un manto de sueños y el resplandor de la luna se esconde para no contemplar tu dolor.
Nunca se puede regresar de ese viaje.
Pero cada suceso tiene una continuidad extraña en el resumen final de la vida y rodamos los mundos cabeza arriba, cabeza abajo, mientras la corriente nos arrastra de un modo irremediable en su viaje hacia el fondo del mar.
Y te quiero, está claro. Te quiero.
Pero, sin avisar, las horas se suceden y hay que quedarse a vivir en un punto del frío donde todo perece, o tal vez, conquistar la montaña más alta y luego bajar. Descender hasta el valle que siempre, siempre, siempre, existe, sin remedio, al otro lado. El lugar prometido donde reina el calor.
El calor. Tu calor.
Ese mundo irreconocible de los otros, donde todo se rige por la ley implacable de lo superficial. No cabemos en este mundo absurdo, incontrolable, que crea y que destruye lo bueno de los seres humanos.
Nos vamos. No entendemos.
Pero luego comprendo tus ojos; la mirada y ese brillo especial de tus ojos cuando observas mis gestos a través de la niebla. ¿Sonríes? Sí, sonríes: entonces cada cosa ocupa su lugar.
Mi mundo está en orden.
Te quiero.
Y mientras descendemos, yo te voy escribiendo poemas de amor sobre las piedras.
No te rías. Soy así. Y no tengo remedio y a pesar de que estamos en agosto aún hace demasiado frío.

viernes, 27 de agosto de 2010

Reflexiones en la incineración de un amigo

Nadie conoce a nadie ni sabe la razón del porqué cualquier amigo decide dejar de existir para el mundo en un momento concreto de su vida. Hacerse humo debe ser una sensación extraña; como un cambio de sexo o de color de piel.
No sé, pero creo que últimamente estoy leyendo demasiada poesía surrealista y eso me afecta. El problema es que no sólo afecta a mi escritura: también afecta a mi corazón. ¿Cómo se estropean las cosas?
Y hablando de cosas que se estropean: lo descubrí ayer, por casualidad: me había picado un insecto en el tobillo –mosquito, araña, pulga, qué sé yo…-, me fui a rascar y me dolía. Estaba inflamado. Estaba bastante inflamado. Tal vez no tanto, el caso es que yo no me había dado cuenta. Ahora dolía.
Esta mañana está mucho peor. Quizás por eso me he puesto a hacer recuento de todas mis pequeñas averías.
En los últimos meses se me han fastidiado los siguientes engranajes de mi cuerpo: un hombro, dos riñones, la muñeca derecha, dos dientes, unos pantalones vaqueros –que ya eran parte de mí, después de tanto tiempo-, y además de todo esto, un par de veces se me ha partido el corazón –una vez fue en el metro y me puse a llorar delante de todo el mundo ¡qué vergüenza!, pero es que eso sí que dolía de verdad-. Seguro que me dejo algo. En fin…
Mal asunto, me deprimo (no debería haber hecho este ejercicio).
Pero sigo en la brecha –me digo a mí mismo-, y me dejo crecer la barba porque me está saliendo una mancha con forma de paella de marisco en mitad de la cara –probablemente es un antojo de última hora, o tal vez es el último antojo de mi vida-, no lo sé, pero sigo en la brecha, -me digo a mí mismo-, aunque la verdad es que ya no sé muy bien qué hacer o qué pensar, pero sigo escribiendo.
No sé si es el paso del tiempo o la mierda de vida que he llevado. No sé… Tal vez es esta forma de ser o… ¿Qué estaba diciendo?: ¡ah, sí!: hacerse humo debe de ser una sensación extraña, como un cambio de sexo o algo parecido. En fin, es viernes y la vida sigue –sigue para algunos, quiero decir, para este amigo, no-. Y busco en mis bolsillos y creo, que entre otras muchas cosas, también he perdido esta mañana el ticket del aparcamiento. Miro a mi alrededor: la vida es más surrealista que toda esa poesía.

jueves, 26 de agosto de 2010

El silencio

Hace demasiado tiempo que viajo hacia dentro. Mi mente ha apagado todas las miradas y el mundo oscurece su rostro. He perdido el camino. ¿Qué dirección seguir a través de este infierno? Desciendo la empinada escalera que me lleva a mí mismo. Turbulencias en mitad de una noche sin fin de verano, y aquí, en esta esquina del mundo, encuentro tu silueta rota, desdibujándose azul, en la bruma.
No hay tiempo. Late demasiado fuerte el corazón. Ahora soy un desconocido para mí mismo. ¿Dónde están mis recuerdos? Tal vez quedaron muy atrás, rotos, muertos, esparcidos por el camino viejo del vacío.
Aquello que no existe era mi vida.
Es de noche, y de nuevo, el silencio atraviesa la calle como un suspiro. Duermes, y en tu respiración se esconde el sonido del mar. Me concentro: ¡qué bonito el silencio flotando en la paz de esta noche en calma de verano!
En el ritmo de tu respiración se esconde el misterio del tiempo, el paso de las horas, la corriente de agua, el deshielo de todas las estaciones. Te contemplo dormir y viajo contigo en tus sueños y percibo en mi alma el crujir de madera de los barcos antiguos, una estrella fugaz, el paso de la luna por el cielo. Eres cada rayo de luz que atraviesa el espacio, el misterio de todo lo que existe, el sonido del mundo, una sirena azul, que duerme sus anhelos, varada aquí, en este arrecife sin nombre de mi cama.
Te contemplo dormir y la noche también eres tú, y se mezcla la vida y la muerte, y también el instante sin fin de lo eterno.
Suspiro. Hace demasiado calor esta noche. Se prolonga el verano. Late demasiado deprisa el corazón. Me revuelvo y te beso en un hombro.
Me fascinan tus mundos, los demonios que habitan en ti, los abismos que se forman cuando beso tus labios y acaricio tu espalda. ¿Quién te trajo hasta aquí? No pareces real. Algunas veces pienso que no eres más que un sueño perdido en un lugar sin nombre de mis sueños.
Duermes y tu respiración trae a mi corazón imágenes de cielos al atardecer, de paisajes helados, de ríos, de flores, de prados, de bosques, de lugares de ensueño. A veces no pareces tú y sin embargo, quisiera rescatarte de tu invierno, pero no queda tiempo.
Y mientras tanto yo, dibujo tatuajes en tu espalda.
La noche se extiende sobre mi alma como un desierto negro; avanza sin cesar y algunos sentimientos inundan de nostalgia el cuarto en el que habito. Cada cosa que pienso me atraviesa y se pierde de un modo irremediable en el olvido. Todo queda definitivamente atrás, y sin embargo, algunas veces me asomo a los abismos de tus labios y decido que no hay ningún lugar mejor que este que ahora comparto.
Aunque ya no me queda casi nada de ti.
Me duermo yo también. El silencio atraviesa mi mundo y navego en la noche, y me dejo llevar, como un barco fantasma a la deriva.

martes, 24 de agosto de 2010

Fragmentos de infinito

Un rayo de luz se filtró entre las hojas de los árboles. No te quedes habitando en la tristeza, pensé, y el olor de la hierba llegó hasta mi alma atravesando directamente el corazón. No te quedes habitando en la tristeza...
Caía la tarde, se ponía el sol. Corrientes de aire caliente se alzaban desde el valle y ascendían por la ladera de la montaña. Podía sentir en mi piel toda esa fuerza del planeta regenerándose a través de un instante infinito. El pasado no existe, el futuro tampoco, sólo existe el momento en el que vives. No pienses; ahora no merece la pena recordar…
El mundo, mi mundo, una eterna cadena de sucesos, de olvidos, de encuentros y de sensaciones. Sentir con toda el alma me había destrozado y sin embargo… ¿Quién puede conocer el fin, el resultado, de todo este camino de experiencias? Llevaba demasiada vida a mis espaldas y ahora todo pesaba en mí de un modo insoportable. Pesaban los recuerdos, pesaba la amargura, pesaba el respirar, todo este respirar de nuevo a solas en el mundo.
Miré a mi alrededor: todo aquel mundo… El sol se ponía en el horizonte. Sentí una ternura amarga. Cada cosa estaba en su sitio, cada partícula ocupaba su lugar. Todo seguía un camino. Era el gran plan establecido, el orden natural que pasaba a través de mí, de las cosas, de todos los seres que vienen y van a alguna parte. Y sobre todo era el tiempo. Miré en mi corazón y sentí el dolor desgarrador del paso del tiempo. Hay un tiempo y hay un lugar donde sucede todo. Luego el momento pasa y tú pasas con él. Yo no era más que un destello fugaz, como uno de esos rayos de sol que jugaban entre las hojas. Miré a mi alrededor. Caía la tarde. Sentí que aquel era el instante de mi primera vida y sin embargo resultaba tan doloroso dejar toda aquella felicidad atrás.
Respiré hondo y me puse de nuevo a caminar. La bóveda del cielo cambiaba de color a cada instante. Violetas, amarillos, rojos, anaranjados, malvas, azules infinitos, colores y colores sucediéndose en un espectáculo febril que me envolvía. Sentí en mi pecho el latir de mi viejo y cansado corazón. Toda la belleza del mundo iba quedando atrás. Aquello era la vida.

Su abismo

Aquella mañana, yo escuchaba su voz y analizaba cada uno de sus deseos, su pasión; la historia de esos hombres y mujeres que habían construido los mejores instantes de su vida. Ella había venido hasta mí siguiendo un camino tortuoso. Su vida estaba construida como una catedral al borde de un abismo y ante ese precipicio, ella se debatía siempre. Yo recordaba historias parecidas de otros seres humanos, hombres, mujeres, niños, que, a menudo, venían a mí, pero tal vez ninguna antes había sido tan intensa, febril y desproporcionadamente abrumadora, como su historia. ¿Por qué me había turbado oír el tono de su voz precisamente esta mañana?
Pero ahora todo eso daba igual: a pesar de mi altura yo podía sentir su contacto, la pasión de sus gestos, su olor, y sobre todo, esa manera extraña que tenía de electrizar el ambiente, y en un instante fugaz sentí que iba a entrar en contradicción conmigo mismo. Estaba agotado después de los últimos diez mil intentos de salvar ese pequeño mundo azul perdido en medio de la nada que ahora ella habitaba con esmero para mí. Traté de tomar distancia.
Abajo, muy lejos de donde me encontraba yo, la Vía Láctea seguía luciendo como siempre. Ese pequeño río de luz en una esquina del firmamento. Siempre me había hecho gracia contemplar esa pequeña muestra de mi imaginación. Esbocé una sonrisa y luego se me humedecieron los ojos y tuve que parpadear. Al final los cerré, cegado por mi propio, oscuro precipicio de la Nada. Traté de recordar cómo empezó mi historia, pero no recordaba nada más allá del principio de todo lo que existe.
¡Cuántas cosas llegaban hasta mi corazón desde la eternidad sin nombre que ella llamaba a veces, con su mejor sonrisa, el tiempo y la distancia! Costumbres adquiridas, gestos de amor, locuras de juventud, defectos impropios de alguien que existía y cobraba vida en todas partes, a cada instante, en cada animal y en cada objeto creado. Y luego, claro, también estaba mi corazón. Tener un corazón, sentir, cuando todo queda fuera de ti, resulta tentador, pero es un gesto inútil. Ahora comprendí que yo también anhelaba un contacto. Tal vez había llegado el momento de detenerse a escuchar el sonido de este universo que me había rodeado siempre, desde el principio de los tiempos, pero hasta eso resultaba tremendamente complicado. La vida y yo éramos uno, el universo y yo, esa mujer y yo, los astros, los planetas, el mar y el sol del nuevo día que ella amaba tanto cuando lo veía alzarse limpio y renovado, cada mañana, como un nuevo milagro de mis manos… Todo era yo y era como quererse a solas. Y me desesperé. Sentí que no existe un dolor más inhumano que esta soledad terrible en la que vive Dios y deseé tan sólo ser uno más de esos diminutos seres humanos que sienten cada cosa, cada uno de los días de su vida. Sentir como uno de ellos era algo que nunca alcanzaría a poseer, aunque fuera yo mismo el que los había creado. Ser Dios era aburrido, era algo absurdo, porque al final, todo me resultaba indiferente, excepto, tal vez, esa mujer que electrizaba todo con su mirada. Yo era capaz de amar, estaba claro, pero era una forma de amor perfecta, tan perfecta que resultaba fría, ajena, impersonal. Sin embargo, algunas veces, me sorprendía ante un pequeño gesto suyo y entonces pasaba horas enteras contemplando su vida, tratando de entender esa manera extraña de sentir que la arrastraba siempre al borde de su abismo sin fondo, sin salida.

domingo, 22 de agosto de 2010

Después de mucho tiempo

Pasados muchos años comprendió que sólo hay un camino que lleva al cielo, y ese camino empieza aquí, justo donde te encuentras tú en este momento. Ese día comenzó a caminar. ¿Cuántos años se necesitan para entender las cosas sencillas de la vida?
Eran las seis de la mañana y él estaba escribiendo. En la línea del horizonte empezaba a clarear un nuevo día. Había refrescado un poco y el aire se podía volver a respirar. Las cosas le llamaban por su nombre. Un pájaro cantaba en un árbol cercano, se oía correr el agua de un arroyo, y de vez en cuando crujía el tronco de algún árbol del bosque. Su alma estaba en paz. Miró hacia arriba y dejó que su ser se fundiera en esa inmensidad azul. Amanecía.
Desde muy lejos regresó a él un buen recuerdo. Sus ojos sonriendo, su sonrisa. Ella estaría allí, en alguna parte de ese inmenso mundo que existía más allá del fondo del valle. Tan lejos y tan cerca. Este mundo maravilloso que un día, burlándonos del destino, hicimos a la medida de nuestros deseos.
El agua del río lanzaba destellos plateados en su camino hacia el fondo del valle, la brisa mecía suavemente las copas de los árboles y un aroma de flores silvestres inundó sus sentidos. Ella y su pasión por las flores… Se perdió en sus recuerdos. Ella y ese mundo feliz, indiferente, que existe por encima de todas nuestras cosas pequeñas, atravesando el tiempo de la vida…
Pasó mucho tiempo sentado en esa roca, pensando en todo eso. Había apagado en su corazón la llama del deseo, el apego a las cosas del mundo, sus anhelos, sus temores… Todo lo que le ataba al mundo de los hombres se había ido extinguiendo en su interior y ahora, ya casi no quedaba nada que pudiera considerar como algo suyo. Dentro de él habitaba el vacío. Esa forma de vacío esencial que lo contiene todo. Pasados muchos años comprendió que sólo hay un camino que lleva a nuestro cielo, y ahora había empezado a recorrerlo. Ya sólo quedaba esperar a que su alma se llenara de todas las cosas importantes. Ella vendría a él, desde muy lejos, y ahora, después de tanto tiempo, su alma en paz por fin podría recibirla. Sonrió, desde un lugar remoto de su corazón llegaban a él tantos buenos recuerdos…

jueves, 19 de agosto de 2010

Mal tiempo

Aquella mañana las cosas no estaban nada claras: en el jodido infierno del vivir llovía copiosamente y yo andaba perdido entre un tráfico atroz de sentimientos. El conductor del taxi quería darme conversación, pero yo no estaba por la labor de hablar de nada. Eran las nueve: plena hora punta. A la entrada del aeropuerto habían colisionado un par de coches y el atasco era monumental. Yo miraba el reloj: aún tenía tiempo. Por suerte, ya no era capaz de encontrar una sola razón para amargarme más. Respiré hondo, traté de no pensar.
Atrás quedaban diez días de aislamiento emocional en un lugar extraño, cuatro bellos recuerdos, una historia de amor inesperada, una migraña, y un vacío febril, interminable. Miré en mi interior y todo lo que vi quedaba lejos. Sentí que me costaba respirar. ¿Quién soy? Sentí que era sólo un jodido ser humano, perdido, estúpido, sombrío, absurdo y amargado. Miré por la ventanilla del taxi: tenía cuarenta años, se me estaba cayendo el pelo y ya estaba acabado. Por fin llegamos a la terminal. Recordé su mirada, la forma en que me dijo adiós. A su manera, probablemente me había querido un par de días. Nunca podría saberlo de verdad. De nuevo sentí esa sensación profunda de vacío, de soledad. Necesito sentir que sigo vivo, -pensé-. Necesito encontrar una razón para continuar.
Pagué al taxista –me estafó, como siempre-, y entré en la terminal. Fui hasta los mostradores. Se había formado un buen follón. Habían cancelado muchos vuelos. Daba lo mismo; estaba solo. No me esperaba nadie. Me senté en un sillón. A mi lado estaba sentada una mujer. Era alta, rubia, tenía aspecto de ser inteligente, y estaba tan sola como yo. El día iba a ser largo.
-¿Vas a Madrid? –le pregunté.
-Si –contestó.
Me contó que trabajaba de ejecutiva de cuentas en una empresa multinacional, que pasaba su vida en los aeropuertos, que no tenía tiempo para nada. Yo le dije que era poeta. Ya sabes, uno de esos tipos “cagapoquito” que escriben cosas tristes. Ella rió al oír aquello. Nunca antes había conocido a un poeta –añadió-. Charlamos, cancelaron el vuelo, nos fuimos juntos a un hotel. A la vuelta regresé solo al aeropuerto. Llovía. El tráfico estaba fatal. Yo miraba el reloj: aún tenía tiempo. Lo cierto es que era una mujer inteligente.
Sentí un vacío inmenso, respiré hondo, traté de no pensar…